Esto es lo que pensaban los escritores clásicos rusos sobre la PESCA
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Teóricos y practicantes
Uno de los primeros en expresar su pasión por la pesca en forma literaria fue el escritor Serguéi Aksákov, autor del cuento La flor escarlata. Aprendió a pescar durante su infancia en la finca familiar.
“La caña de pescar me fascinaba más que cualquier otra cosa y, bajo la supervisión de mi tío Yefrem Yevséich, me entregué a la pesca con total olvido de mí mismo.” Desde entonces nunca abandonó esta afición.
“Conocí entonces el mayor placer de un pescador: capturar peces grandes. Hasta ese momento solo había pescado rutilos, percas y gobios... Después de colocar en el anzuelo un trozo de pan negro machacado del tamaño de una gran nuez rusa, lancé mi caña al fondo, justo debajo de un arbusto, y la dejé cerca de la orilla, entre la hierba y los juncos. Permanecí sentado en silencio y no me atrevía a apartar la vista del flotador, que se balanceaba suavemente de un lado a otro...”
En 1847, Aksákov publicó Apuntes sobre la pesca, una obra que incluía consejos prácticos sobre dónde, cómo y con qué pescar. Le sorprendía que muchas personas despreciaran esta actividad, calificándola de “caza para ociosos y perezosos”, “diversión para ancianos y niños” e incluso “ocupación para personas de escasa inteligencia”.
Por su parte, el escritor Konstantín Paustovski confesó en uno de sus ensayos: “En el fondo de mi alma nunca abandono la idea de escribir una guía de pesca. Debería ser una especie de enciclopedia de la pesca, una narración impregnada de la poesía más pura de la pesca y de todo lo relacionado con ella.”
En cartas dirigidas a su esposa escribía: “Dudin llegó a las dos de la madrugada y tomamos té juntos mientras discutíamos toda clase de planes de pesca. Pasamos el primer día en el Canal y el segundo en la Prorva. Capturamos un lucio de catorce libras.”
Pescadores apasionados
Algunos escritores consideraban la pesca un acto casi sagrado, por el que merecía la pena olvidarse de todo lo demás.
Antón Chéjov se quejaba en una carta al editor Nikolái Leikin: “Es terriblemente difícil escribir un folletín cuando puedes estar pescando y divirtiéndote... Y la pesca es magnífica. El río está justo delante de mis ventanas, a veinte pasos... Puedes pescar cuanto quieras, con cañas, nasas y aparejos de todo tipo...”
Y confesó al editor Alexánder Suvórin: “Me gusta estrenar una obra tanto como me gusta pescar peces y cangrejos. Lanzas el sedal y esperas a ver qué sucede. Vas a la Sociedad a cobrar tus honorarios con la misma sensación con la que vas a revisar una nasa o una trampa: ¿cuántas percas y cangrejos se han capturado durante la noche? Es un pasatiempo muy agradable.”
En su dacha de Mélijovo, Chéjov llegó incluso a excavar un estanque donde soltó peces. Según su hermano Mijaíl, allí vivían prácticamente todas las especies de peces de Rusia, excepto el lucio.
El dramaturgo Alexánder Ostrovski también era un gran aficionado a la pesca. El autor de La dote y La tormenta sabía perfectamente cuándo y dónde era mejor pescar y disfrutaba compartiendo consejos sobre aparejos y cebos.
En una carta escribió: “La pesca y la vida en el campo siempre me mejoran considerablemente. (...) No tenemos truchas ni tímalos, pero la pesca primaveral con cebo vivo es interesante por la abundancia de capturas. Constantemente se pescan grandes depredadores: lucios, enormes percas, cachos y áspides.”
Por último, el escritor Mijaíl Prishvin veía algo profundamente poético en la pesca: “No son los peces lo que necesito, sino los pensamientos y las sensaciones que acompañan a la pesca. Por eso los pescadores aficionados pueden permanecer sentados durante días sin darse cuenta. Lo he comprendido tan bien que puedo pasar horas enteras sin lanzar siquiera el sedal. Pero a veces siento cierta culpa por ello y entonces lanzo la línea. Y cuando capturas un pez, puedes volver a pensar. Así que, al final, para pensar en los peces, ¡hay que pescarlos!”