5 increíbles historias de la vida de Nikolái Gógol, posiblemente inventadas por él mismo
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Los investigadores de la obra del escritor todavía hoy no pueden determinar con certeza si algunos episodios de su vida fueron reales o producto de su imaginación. ‘Puerta a Rusia’ recopila algunos hechos sobre Gógol registrados a partir de sus propias palabras, recuerdos de sus contemporáneos y estudios literarios.
1. Ahogó a un gato
Gógol contó a Alexandra Smirnova-Rosset, amiga cercana suya, que a los cinco años ahogó un gato. Según relató, sus padres no estaban en casa cuando vio al animal acercarse sigilosamente hacia él.
“Nunca olvidaré cómo caminaba estirándose, cómo sus suaves patas golpeaban débilmente las tablas del suelo con las uñas y cómo sus ojos verdes brillaban con una luz maligna. Sentí terror. Me subí al sofá y me pegué a la pared”.
El niño agarró al gato, salió corriendo al jardín y lo lanzó al estanque, apartándolo con una vara cada vez que intentaba salir. Cuando el animal se ahogó, sintió que había “matado a una persona”.
“Lloré horriblemente y solo me calmé cuando mi padre, a quien confesé lo ocurrido, me azotó”, recordaba Gógol.
2. Tenía miedo de las tormentas
Gógol era una persona nerviosa, hipocondríaca e impresionable. Cualquier cosa podía asustarlo.
En Baden-Baden, en el verano de 1837, el escritor leía a sus amigos los primeros capítulos de Almas muertas. La lectura fue interrumpida por una fuerte tormenta.
Cuando todos comenzaron a marcharse, pidió a Andréi Karamzín que lo acompañara a casa, alegando que por la calle Graben merodeaban grandes perros y que había olvidado su bastón. Sin embargo, Karamzín descubrió después que no había ningún perro allí. En realidad, Gógol se había asustado por la tormenta, pero le daba vergüenza admitirlo.
3. Cosía y tejía, aunque le daba vergüenza admitirlo
Gógol tenía cuatro hermanas menores. Según ellas, además de vestir de manera extravagante en su juventud, supervisaba cuidadosamente el vestuario de sus hermanas y les decía qué debían ponerse.
Gran parte de la ropa que usaban él y sus hermanas la cosía y tejía él mismo. Su hermana Olga recordaba su pasión por los chalecos llamativos y confirmaba que sabía confeccionarlos y modificarlos.
En una carta a un familiar, el joven Gógol enumeraba con humor sus talentos:
“Aún no conoces todas mis virtudes. Soy un buen sastre, pinto paredes bastante bien y cocino”.
En la colección de la Casa de Gógol de Moscú se conserva un alfiletero de hueso que su madre le regaló.
4. Escuchaba voces del más allá
El biógrafo Ígor Zolotusski, en su libro Tras las huellas de Gógol, afirma que el escritor creció en un ambiente cargado de misterios y religiosidad.
En su familia no solo creían en Dios, sino también en presagios y profecías. Poco antes de morir, el padre del escritor aseguraba escuchar “voces” que le anunciaban su muerte. Según algunos contemporáneos, esa característica pasó al hijo.
Gógol afirmaba que fue “el maligno” quien lo impulsó a quemar el segundo tomo de Almas muertas.
5. Dormía sentado y temía ser enterrado vivo
En 1839, en Italia, Gógol sufrió una grave forma de malaria. La enfermedad le dejó secuelas: desmayos profundos y prolongados estados de sonambulismo.
En su “Testamento”, que abre el libro Pasajes escogidos de la correspondencia con amigos, escribió:
“Hallándome en pleno uso de memoria y razón, expongo aquí mi última voluntad. Ordeno que mi cuerpo no sea enterrado hasta que aparezcan signos evidentes de descomposición. Menciono esto porque durante mi enfermedad sufrí momentos de entumecimiento vital; el corazón y el pulso dejaban de latir…”
Temía de forma obsesiva que durante uno de esos ataques lo dieran por muerto y lo enterraran vivo, para luego despertar dentro del ataúd.
Ese miedo marcó sus hábitos cotidianos: durante los últimos diez años de su vida no se acostaba en la cama y dormía sentado o semirreclinado en un sillón o en un sofá.