¿Por qué los carteristas de la antigua Rusia eran considerados los aristócratas del mundo criminal?

Puerta a Rusia (Foto: Creado por OpenAI)
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Formalmente, fue el propio zar Pedro I quien propició su aparición.

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Hasta comienzos del siglo XVIII, la ropa rusa no tenía bolsillos. El dinero se llevaba en una moshná, una pequeña bolsa o saquito sujeto al cinturón. Por eso, los precursores de los carteristas modernos eran conocidos como moshénniki (estafadores), palabra derivada de moshná.

Durante aquel mismo siglo, las técnicas delictivas se diversificaron tanto que comenzaron a requerir experiencia y habilidades especializadas. Como consecuencia, surgió una división del trabajo entre los delincuentes. Algunos se especializaron en robar carteras, otros en los hurtos en baños públicos, los robos en carros y carruajes, los asaltos callejeros, los robos en viviendas o los atracos en caminos, entre otras actividades.

El carterismo se extendió especialmente durante el siglo XIX, cuando comenzó a generalizarse la circulación del papel moneda y aumentó el número de personas adineradas en las ciudades.

A comienzos del siglo XX, San Petersburgo era posiblemente una de las ciudades con mayor criminalidad de Europa. La capital atraía a todo tipo de personas. En 1900, el Tribunal de Distrito de San Petersburgo tramitó 227 casos de asesinato, 427 de robo a mano armada, 1.171 de agresión y 2.197 de robo y hurto.

duncan1890
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Sin embargo, los carteristas eran considerados delincuentes especialmente hábiles. Ocupaban una posición superior a la de los atracadores y asesinos, aunque inferior a la de los tahúres y falsificadores.

Consideraban cualquier forma de violencia física, especialmente el asesinato, un acto vil y despreciable. Despreciaban a los asesinos y los relegaban al escalón más bajo de la jerarquía criminal.

El carterismo era casi una forma de arte. Las principales habilidades de un carterista eran la destreza manual, la capacidad para distraer a la víctima y la habilidad para actuar entre multitudes. En ocasiones utilizaban herramientas como pinzas, anzuelos, pequeñas tenazas o diminutas cuchillas.

Por eso, su formación solía comenzar en la infancia. En todas las grandes ciudades del Imperio ruso existían “escuelas” clandestinas donde ladrones veteranos y experimentados enseñaban el oficio a las nuevas generaciones.

Los carteristas más experimentados colocaban pequeños cascabeles en un abrigo y enseñaban a los muchachos a extraer un billete de un bolsillo sin hacer sonar ninguno de ellos.

Especialidades y ‘estrellas’

Los “marvijery” (del término yidis מרוויחער, marvikher, que significa “ladrón”) representaban la élite del mundo criminal de la Rusia prerrevolucionaria. A diferencia de los carteristas corrientes, actuaban en ambientes distinguidos, como restaurantes, teatros y exposiciones. Tenían modales aristocráticos y hablaban idiomas extranjeros. Según un manual policial de 1903 que incluía fotografías de delincuentes profesionales, estaban clasificados oficialmente como “carteristas de alta categoría”. Muchos eran ladrones internacionales e itinerantes que viajaban libremente por Europa. En su ensayo El ladrón, publicado en 1897, el escritor Aleksander Kuprín describió a un “marvijer” de la siguiente manera: “Es de baja estatura, delgado, ágil y rápido en sus movimientos”. Un “marvijer” nunca trabajaba solo. Siempre llevaba consigo a un cómplice, que a menudo era su pareja sentimental.

Los “shirmóshniki” o “shirmachi” eran ladrones que utilizaban una capa, un impermeable, un periódico o un ramo de flores como “pantalla” (“shirma”) para ocultar sus movimientos. El ladrón se acercaba a la víctima entre la multitud, en la calle, en el teatro o en el transporte público, sosteniendo un periódico o llevando un abrigo sobre el brazo. Bajo aquella cobertura, introducía discretamente la mano en un bolsillo superior, como el de una chaqueta o un abrigo. La víctima no veía el movimiento y las personas que estaban alrededor tampoco advertían el robo. Estos delincuentes dependían exclusivamente de la destreza de sus dedos y de su capacidad para desviar la atención. Este método se consideraba un “trabajo limpio” y gozaba de gran prestigio en el mundo criminal, ya que exigía cierta elegancia y reflejos extraordinariamente rápidos.

 Bildagentur-online / Getty Images
Bildagentur-online / Getty Images

Los “triasuni” o “sacudidores” actuaban entre grandes aglomeraciones, especialmente en el transporte público: autobuses, tranvías, estaciones ferroviarias y vagones abarrotados. El ladrón se apretaba contra la víctima y, mediante empujones bruscos y precisos o movimientos de “sacudida”, conseguía desplazar la cartera de un bolsillo interior. Actuaban con descarada rapidez y a menudo trabajaban por parejas: uno distraía o empujaba a la víctima mientras el otro le vaciaba los bolsillos. Los “sacudidores” eran considerados los trabajadores más corrientes del mundo criminal. Su técnica era más rudimentaria, pero les proporcionaba ingresos constantes.

Los “pisari” o “rezaki” (cortadores) cortaban la ropa o los bolsos para acceder al dinero de sus víctimas. Su principal herramienta era una pequeña cuchilla llamada “piska”, que podía consistir en una moneda con el borde afilado como una navaja o en una hoja diminuta oculta en un anillo o una pulsera.

Los “nochniki” o “ladrones nocturnos” se especializaban en robar a personas que se habían quedado dormidas. Actuaban en trenes, estaciones ferroviarias, albergues, tabernas y hoteles baratos; en definitiva, en cualquier lugar donde una persona agotada o ebria pudiera quedarse dormida en un espacio público o semipúblico. El ladrón se acercaba a la persona dormida y fingía intentar despertarla o acomodarle la ropa, mientras aprovechaba para vaciarle los bolsillos.

Las ladronas “jipes” eran prostitutas que entablaban relación con clientes adinerados para robarles. Su nombre procedía del término de la jerga criminal “jipes” (derivado de la palabra yidis זוכן, que significa “buscar”). Normalmente trabajaban con un cómplice conocido como “kot” (“gato”), que velaba por los intereses de su “koshka” (“gata”). Mientras la mujer entretenía al cliente en una habitación, su compañero registraba los bolsillos de la ropa que aquel había dejado en el pasillo y se llevaba dinero, relojes y joyas. Las más exitosas llegaron a acumular fortunas considerables. Por ejemplo, la célebre ladrona petersburguesa Marfushka había reunido un capital de 90.000 rublos a comienzos del siglo XX, mientras que su colega Sonka Sinichka había acumulado 25.000 rublos, dinero que utilizó para abrir un elegante taller. Estas asociaciones delictivas solían descubrirse debido a las disputas por el reparto del botín. Las “gatas” descontentas denunciaban con frecuencia a sus cómplices ante la policía. El mundo criminal también tenía sus propias celebridades.

goskatalog (CC BY 4.0)
goskatalog (CC BY 4.0)

La figura de Vanka Kain (Iván Ósipov; 1718-después de 1755) comenzó a despertar el interés del público cuando todavía estaba vivo. Era un ladrón reconocido oficialmente por las autoridades como “informante”. Actuaba de manera parecida a un detective, utilizando una red de agentes y sus conocimientos del mundo criminal para combatir a otros delincuentes. De este modo, la organización de la comunidad criminal de Moscú influyó inesperadamente en el desarrollo de la investigación policial en Rusia.

La carterista más famosa de la Rusia prerrevolucionaria fue “Sonka, la Mano de Oro” (cuyo verdadero nombre era Sheindlia-Sura Léibovna Solomoniak-Bliuvshtein; 1846-1902). Comenzó a robar durante su primera infancia, vaciando los bolsillos de los comerciantes en los mercados. Al crecer, aprendió a ocultar diamantes debajo de las uñas. Llegó a ser conocida como la “reina de los carteristas de Odesa”, capaz de transformarse en una dama de la alta sociedad, una monja o una sencilla criada.

El código de los ladrones

El mundo criminal estaba formado principalmente por personas marginadas: desertores, habitantes de las ciudades que habían perdido sus vínculos comunitarios, campesinos, antiguos obreros de fábricas y huérfanos. La mayoría de estos delincuentes no eran provincianos que habían llegado a la ciudad buscando una vida mejor, sino personas nacidas y criadas en entornos urbanos. Casi todos habían comenzado a delinquir a edades tempranas, empujados por circunstancias desesperadas.

En la Rusia prerrevolucionaria, los carteristas seguían un código no escrito. Según sus normas, un ladrón tenía prohibido dedicarse a un trabajo “honrado”, considerado propio de “pringados”, y tampoco debía cometer asesinatos ni robos violentos. Las principales herramientas de un carterista debían ser la habilidad manual y el talento para la interpretación.

Estaba terminantemente prohibido robar a otros ladrones o a miembros del propio grupo. Esta norma fomentaba la confianza interna y permitía que los carteristas trabajaran de forma coordinada.

Otra regla establecía que nunca debía quitarse todo el dinero a una víctima. El ladrón tenía que dejarle una pequeña cantidad, suficiente para comer o pagar el transporte. Esta práctica reducía el riesgo de que la víctima lo persiguiera o diera la alarma.

Dominio público
Dominio público

Los auténticos profesionales, especialmente los más veteranos y experimentados, procuraban evitar a los ancianos y a las personas pobres. Sus “clientes” eran casi exclusivamente personas adineradas que podían permitirse perder una cartera.

Este código proporcionó a los carteristas la reputación de ser los ladrones “más nobles”. Incluso los agentes de policía reconocían que ocupaban un lugar especial dentro del mundo criminal.

La situación comenzó a cambiar en el verano de 1908, cuando se promulgó la ley “Sobre la organización de los departamentos de investigación criminal”, que estableció unidades de detectives de cuatro categorías diferentes dentro de los cuerpos policiales. A partir de entonces, los carteristas fueron agrupados junto a los ladrones de caballos y los asaltantes de viviendas. Y se declaró una guerra sin cuartel contra ellos..