Este músico ruso ciego se convirtió en un famoso escritor en Japón

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‘Solo recuerdo vagamente cuatro cosas: el cielo, las palomas, la iglesia donde vivían y el rostro de mi madre’. Así evocaba su infancia el músico y escritor Vasili Eroshenko. Perdió la vista a los cuatro años, pero su enorme curiosidad por todo lo nuevo lo llevó a convertirse en políglota y recorrer medio mundo.

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Eroshenko nació en 1890 en la provincia de Kursk, en el seno de una familia campesina acomodada. A pesar de su ceguera, llevaba una vida normal: jugaba con otros niños y se orientaba perfectamente por las calles de su aldea natal.

Cuando sus padres descubrieron que tenía talento para la música, decidieron enviarlo a la escuela de la Sociedad Moscovita de Asistencia, Educación y Formación de Niños Ciegos.

Allí, con apenas diez años, el pequeño Vasili aprendió a tocar el violín y la guitarra, devoraba los libros de la biblioteca y comenzó a estudiar idiomas extranjeros.

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En 1912, Eroshenko ingresó en el Real Instituto para Ciegos de Inglaterra. Para realizar aquel largo viaje desde Rusia contó con la ayuda de personas que, como él, estudiaban esperanto.

Dos años después, con 24 años, Vasili se trasladó a Japón. Allí no solo aprendió el idioma del país, pues llegaría a dominar más de una decena de lenguas, sino que también enseñó ruso, impartió conferencias sobre literatura rusa en la Universidad de Waseda y estudió prácticas terapéuticas y psicología.

Eroshenko no tardó en convertirse en el centro de atención. Los relatos de aquel escritor llegado de la lejana Rusia, especialmente El corazón del águila y Una leyenda birmana, alcanzaron una gran popularidad, al igual que sus traducciones, entre ellas las de obras sobre la religión bahaí.

También se convirtió en un invitado habitual del círculo cultural “Nakamura-ya”, cuyos integrantes organizaban debates sobre literatura, arte y política.

Sus amigos japoneses lo llamaban “poeta japonés”. El propio Eroshenko reconocería años después que Japón había llegado a ser para él tan cercano como Rusia.

El incansable viajero recorrió el sudeste asiático y visitó Birmania, Siam y la India. Publicó libros en esperanto y enseñó este idioma en la Universidad de Pekín y en Shanghái. Incluso mantuvo debates con Rabindranath Tagore sobre las culturas occidental y oriental.

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En 1924, Eroshenko regresó a la Rusia soviética, donde se dedicó a traducir al japonés las obras de Marx y Lenin.

En Turkmenistán fundó una escuela para ciegos y elaboró un diccionario en braille destinado a los niños con discapacidad visual de la región.

No fue hasta 1952, poco antes de su muerte, cuando aquel infatigable esperantista regresó a su tierra natal.

Falleció en la misma aldea donde había nacido, trabajando hasta sus últimos días en un nuevo libro.