Así escribían los grandes escritores rusos: manías, rituales y costumbres insólitas
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Alexánder Pushkin
En una carta a su esposa escrita en el otoño de 1833, durante su estancia en la localidad de Bóldino, Pushkin confesaba que se despertaba a las siete de la mañana, tomaba café y permanecía en la cama hasta las tres de la tarde. Le encantaba escribir tumbado. Mientras trabajaba, siempre tenía a mano una jarra de limonada, preparada con zumo de limón, azúcar caramelizado y agua mineral.
Su criado personal, Nikífor Fiódorov, recordaba: "A veces, cuando escribía de noche, bastaba con dejarle un vaso de limonada para que bebiera antes de acostarse".
Mientras pulía sus versos, Pushkin llenaba los márgenes de sus borradores con dibujos: piernas y siluetas femeninas, pequeñas embarcaciones, caballos y retratos de amigos, enemigos y de sí mismo. Según los estudiosos de su obra, estos bocetos le ayudaban a concentrarse y funcionaban como una especie de diario gráfico.
Nikolái Gógol
Según quienes lo conocieron, Gógol escribía de pie, frente a un escritorio alto. Mientras trabajaba, hacía decenas de bolitas con miga de pan blanco, convencido de que le ayudaban a resolver los problemas más difíciles.
Cuando la inspiración no llegaba, colocaba jarras de agua fría por toda la habitación y recorría las estancias a paso ligero, bebiendo un vaso cada diez minutos. Era extremadamente exigente con sus textos: reescribía los manuscritos a mano hasta ocho veces en busca de la perfección y, en más de una ocasión, llegó a quemar lo que había escrito.
Fiódor Dostoievski
A Dostoievski le gustaba recitar en voz alta los pasajes que estaba escribiendo. Mientras trabajaba en Crimen y castigo, un sirviente lo oyó hablar del asesinato de un viejo prestamista y se negó a atenderlo, convencido de que el escritor estaba tramando un crimen.
Dostoievski escribía sobre todo de noche. Tras regresar de Siberia, se había acostumbrado a un horario nocturno que mantuvo incluso después de casarse con Anna Grigórievna. Se levantaba hacia la una de la tarde, desayunaba y dictaba a su esposa lo que había escrito durante la noche anterior. Después salía a pasear y cenaba. Ya entrada la noche, volvía a encerrarse en su estudio y trabajaba hasta las seis de la mañana, fumando sin parar y bebiendo té muy cargado.
También llenaba los márgenes de sus manuscritos de dibujos: rostros masculinos y femeninos, hojas de roble, arcos góticos y ventanas ojivales. Estos bocetos abundan especialmente en los manuscritos de Los demonios. Además, practicaba caligrafía.
Iván Turguénev
Turguénev era un hombre de rituales y disciplina. Antes de ponerse a escribir, ordenaba meticulosamente la habitación y los papeles: no podía trabajar si algún objeto estaba fuera de lugar.
También dedicaba mucho tiempo a arreglarse el pelo: se lo cepillaba cincuenta veces hacia la derecha y otras cincuenta hacia la izquierda; después, se pasaba cien veces un peine de púas finas y volvía a cepillárselo.
Cuando comenzaba una novela, elaboraba primero biografías detalladas de sus personajes, incluidos sus antepasados. Anotaba ideas en los márgenes y después las incorporaba al texto. Al terminar un borrador, registraba cuidadosamente el año, la fecha, el día de la semana y, en ocasiones, hasta la hora exacta en que había escrito la última palabra.
Sin embargo, sus manuscritos dejaban mucho espacio para cambios posteriores: los márgenes podían ocupar hasta la mitad de la página, reservados para futuras correcciones y añadidos.
Lev Tolstói
Tolstói escribía exclusivamente por las mañanas. Se levantaba temprano, tomaba café y se retiraba a su estudio, donde no permitía que nadie lo molestara. Explicaba que por la mañana su crítico interior estaba más despierto, mientras que por la noche se quedaba dormido. Por eso, consideraba que los escritores que trabajaban de noche, como Dostoievski, "pecaban contra su propio talento".
Para concentrarse, necesitaba un escritorio despejado, las puertas bien cerradas y silencio absoluto. No esperaba a que llegara la inspiración: escribía todos los días, sin descanso.
Al mismo tiempo, era famoso por revisar sus textos una y otra vez, introduciendo cambios y ampliaciones sin fin. Para no perder ninguna idea, escribía en cualquier trozo de papel que tuviera a mano, incluso en pedazos arrancados de otros documentos. Su letra era tan ilegible que quienes pasaban sus manuscritos a limpio a menudo no conseguían descifrarla.
A veces, ni siquiera el propio Tolstói lograba entender lo que había escrito cuando volvía a examinar sus manuscritos.
Antón Chéjov
Chéjov también seguía una rutina estricta. Durante las temporadas de trabajo intenso, se levantaba a las cinco de la mañana y tomaba café (prefería el moca) entre las siete y las ocho. Después escribía de nueve de la mañana a una de la tarde, alternando la escritura con paseos por la habitación.
Solo se sentaba a trabajar con una camisa limpia, chaqueta y pajarita. Creía que una apariencia pulcra contribuía a mantener la disciplina.
Comía poco, por lo general caldo, porque, según decía, "para escribir, lo primero es no sentirse lleno". En los días de mucho trabajo, prescindía de la cena y tomaba el té de la tarde antes de volver a escribir hasta las once de la noche.
Anotaba sus ideas en cuadernos, pero, si no tenía ninguno a mano, recurría a cualquier superficie disponible: un trozo de papel, una tarjeta de visita o el reverso de una carta. Estaba convencido de que "un tema surge por casualidad". Eso sí, también tenía debilidad por los dulces, especialmente las gominolas y el chocolate.
Vladímir Maiakovski
Maiakovski no necesitaba sentarse ante un escritorio para componer: trabajaba mientras caminaba y elaboraba mentalmente buena parte de sus poemas. Según contó él mismo, caminaba balanceando los brazos y murmurando entre dientes: a veces aminoraba el paso para no perder el hilo de sus pensamientos y otras lo aceleraba para acompasar el murmullo al ritmo de sus zancadas.
En un día podía dar por buenos entre seis y ocho versos. El resto del tiempo lo dedicaba a lo que llamaba «preparativos poéticos». Para no perder ninguna idea, anotaba todo lo que pudiera servirle más adelante.
En su ensayo ¿Cómo se componen los versos?, relató cómo había pasado mucho tiempo buscando una imagen capaz de expresar la ternura de un hombre solitario hacia su único amor verdadero. La respuesta le llegó en plena noche: "Apreciaré y amaré tu cuerpo como un soldado mutilado por la guerra, inútil y sin pertenecer a nadie, aprecia su única pierna restante".
"Me levanté de un salto, medio dormido. A oscuras, a la luz de una cerilla casi consumida, garabateé "una pierna restante' en la tapa de una cajetilla de cigarrillos y volví a dormirme. Por la mañana, pasé dos horas preguntándome qué significaba aquello de la 'pierna restante".
Vladímir Nabókov
Podría decirse que Nabókov se adelantó a la escritura hipertextual. A partir de 1950, escribía a lápiz en fichas rayadas de biblioteca que guardaba en cajas alargadas. Aseguraba que podía visualizar una novela entera antes de empezar a escribirla.
Este sistema le permitía trabajar sin seguir un orden lineal: reorganizaba las fichas y cambiaba de sitio capítulos enteros a su antojo. La caja de fichas se convertía así en una especie de escritorio portátil.
El primer borrador de Lolita lo escribió de madrugada en el asiento trasero de un Oldsmobile de 1946 estacionado. Según explicaba, era el único lugar de Estados Unidos donde podía trabajar sin que lo molestaran el ruido ni las corrientes de aire.
Nabókov comparaba su método con una partida de ajedrez: anotaba fragmentos por separado y después los movía y reorganizaba como si fueran piezas sobre un tablero.