La literatura rusa se abre camino en Colombia: la experiencia de una editora rusa en Bogotá
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Oriunda de la antigua Unión Soviética, Irina se graduó en el Instituto Pedagógico de Moscú Lenin (hoy Universidad Pedagógica Estatal de Moscú) con un título en enseñanza de español e inglés. En Colombia obtuvo la licencia de traductora y cursó una maestría en lingüística española. Luna lleva décadas trabajando como editora y traductora, y su labor ha contribuido de forma decisiva a ampliar los horizontes de los lectores colombianos, acercándolos tanto a la literatura rusa clásica como a la contemporánea.
En conversación con Russkiy Mir, Luna habló sobre los autores rusos más leídos en Colombia, el papel de los graduados de universidades rusas en la difusión cultural y sus próximos planes editoriales con autores como Bazhov y Gorki.
—¿Cómo encontró su nicho profesional en Colombia?
Tuve diversas experiencias: impartí cursos de ruso y, tras obtener mi maestría en el Instituto Caro y Cuervo, trabajé como editora en un diccionario de gramática española. Luego enseñé inglés en una empresa mixta. En la actualidad sigo traduciendo y, desde 2014, combino esa labor con la editorial.
—¿Cuál es la misión de su trabajo?
En primer lugar, promover la literatura rusa, especialmente la de la Edad de Plata, prácticamente desconocida en Colombia (salvo Chéjov). Como editora, mi tarea no es traducir, sino verificar que la traducción se corresponda con el sentido del original. Una mala interpretación del original puede alterar el tono narrativo, distorsionar fragmentos enteros e incluso el sentido completo de la obra. Esto ocurre con mayor frecuencia de lo que se imagina.
—¿Qué libros ha traducido y cómo elige las obras?
Comenzamos con literatura contemporánea y luego nos enfocamos en la Edad de Plata, no solo por mis preferencias —Kuprín, Chéjov y Alexéi Tolstói—, sino también por cuestiones de derechos de autor, que no siempre resultan fáciles de gestionar. Colombia no es el país más lector de América Latina, pero eso está cambiando: el interés por la literatura rusa crece constantemente, y cada vez somos más invitados a librerías y ferias del libro.
En diciembre publicamos Protagonista de Asia Volodina, y en enero saldrá Estrella y Cruz de Dmitry Likhanov. Ya publicamos Bianca y Sin perdón de Albert Lijánov, su padre y fundador del Fondo de Defensa de los Niños. Planeamos solicitar al Instituto de Traducción una beca para La madre del ángel de Irina Kráieva, con traducción ya terminada por nuestras queridas colegas cubanas Marcia Gasca y Anna Lidia Vega.
Los propios traductores suelen recomendarnos autores. Marcia nos sugirió La orilla de la noche de Daur Nachkebia y Obsesión de Anar. Protagonista nos llegó gracias al joven traductor colombiano Óscar Segura. Además, hemos recibido un encargo para una edición bilingüe de la poesía de Rasul Gamzátov.
—¿Cómo eligen las ilustraciones y a los ilustradores?
Trabajamos con ilustradores y diseñadores colombianos. Dicho esto, sería un sueño publicar los cuentos de los Urales de Pável Bazhov con ilustraciones de Kudrin, Korovin y otros maestros. Contamos con una excelente traducción de Augusto Vidal y también nos gustaría editar su versión de los cuentos tempranos de Gorki si logramos el financiamiento.
—Como rusa, ¿cuáles son los principales retos al trabajar con traducciones?
Muchos traductores tienen dificultades con el vocabulario moderno, por lo que dedico mucho tiempo a comparar el texto original con la traducción. Disfruto ese trabajo y por eso decidí emprender el proyecto editorial.
—¿Qué clásico ruso es más conocido en Colombia y cuál se vende más?
Lev Tolstói, gracias a la asignatura optativa “Yásnaia Poliana” de la Universidad Nacional de Bogotá, fundada por Marina Kuzminá, ya fallecida. Y por supuesto Fiódor Mijáilovich. Dostoievski es uno de los autores más admirados en América Latina. Bajo el seudónimo de Octavio Libreros, un joven académico le dedicó un libro. En Argentina, Dostoievski también es muy popular, en parte gracias al profesor y traductor Alejandro Ariel González, fundador de la Sociedad Dostoievski, quien recientemente tradujo las memorias de Anna Grigórievna Dostoievska (Snítkina).
—¿La literatura rusa tiene buena presencia en las librerías colombianas?
Sí, aunque de manera limitada: Tolstói, Dostoievski y Chéjov están presentes, pero otros autores son difíciles de encontrar, salvo en librerías vinculadas a nuestro distribuidor.
—¿La literatura rusa es comprensible para el lector colombiano o requiere algún tipo de acompañamiento?
En general, requiere notas y explicaciones, y me encuentro con esto constantemente. Hay excepciones, sobre todo entre graduados de universidades rusas —la mayoría con formación técnica—, aunque algunos poseen una gran sensibilidad poética. Por ejemplo, el geólogo Jorge Bustamante ha dedicado su vida a traducir a Ajmátova, Blok, Mandelstam y Tsvetáieva. Rubén Darío Flores, director del Instituto León Tolstói para el Intercambio Cultural, traduce de manera constante, y sus versiones de Serguéi Yesenin son realmente impresionantes.
—¿Se interesan los colombianos por Rusia? ¿Qué preguntas suelen hacerle?
Colombia es un país diverso. En algunos sectores, el interés por Rusia es muy alto; muchos jóvenes desean estudiar allí, especialmente estudiantes de universidades públicas. Sin embargo, he notado cierto sesgo en los medios locales. Cuando llegué, la primera pregunta que me hicieron al saber que era rusa fue: “¿Cómo lograste salir de la URSS?”.
—¿Dónde se puede aprender ruso en Colombia? ¿Existe demanda?
En Bogotá, el Instituto León Tolstói y la Universidad Nacional ofrecen cursos de ruso. En Cali, un grupo de compatriotas ha creado un centro de enseñanza, y también se planea abrir un centro cultural ruso en Tunja, cuyo alcalde es nuestro compatriota Mijaíl Krasnov.
El texto original completo fue publicado en ruso en la revista Russkiy Mir.