Así salvó a 17 soldados soviéticos heridos una mujer con discapacidad
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“Fui a verlos: me golpeó el olor a sangre podrida, pus, orina y excrementos. Los soldados estaban tendidos en el suelo, sobre heno sucio. Nadie los necesitaba, todos los habían abandonado”, recordaba.
Pelagueya los cuidó como pudo. Los trataba con hierbas y con todo aquello que conseguía encontrar, lavaba de sangre las vendas y las utilizaba una y otra vez. Para ella aquello suponía un verdadero esfuerzo: en su juventud había padecido tuberculosis ósea en una pierna y había quedado discapacitada de por vida. Poco a poco comenzaron a ayudarla discretamente algunos vecinos, habitantes de las aldeas cercanas y también partisanos que se habían enterado de la existencia de aquel hospital improvisado.
Los alemanes también sabían que en aquella casa había soldados heridos, pero no tomaron ninguna medida. Solo el alcalde de la aldea amenazaba con enviar a los soldados a un campo de prisioneros de guerra en cuanto se recuperasen.
Cada día, Pelagueya se despertaba pensando que precisamente aquel sería el día en que los nazis acabarían con sus protegidos. Cuando los soldados alemanes entraban en la casa, pedía a los hombres del Ejército Rojo que se diesen la vuelta, cerrasen los ojos y confiaran en que los suyos llegarían pronto.
El momento más peligroso se produjo el 1 de enero de 1942, durante la contraofensiva soviética en los alrededores de Moscú. Una columna alemana en retirada atravesó la aldea y varios soldados, acompañados por un oficial, irrumpieron en la casa. Pelagueya pensó que aquella vez matarían definitivamente a los heridos.
Entonces se lanzó delante de ellos para protegerlos con su propio cuerpo: “En aquel momento estaba preparada para todo. Sus vidas eran mi vida. Si vivíamos, viviríamos todos. Si teníamos que morir, que muriera yo primero”.
Afortunadamente, no ocurrió nada. Tres días después, el Ejército Rojo entró en Yúrievskoye.