Cuando Alexánder Pushkin ofendió al emperador
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En septiembre de 1826, el emperador Nicolás I convocó a Pushkin en Moscú, donde quería mantener una conversación personal con él. Era la primera vez que se encontraban. El poeta fue trasladado desde su lugar de destierro a toda velocidad, por lo que se presentó ante el emperador con la ropa de viaje, cubierto de polvo, cansado y sin afeitar. Había llegado a Moscú desde la aldea de Mijáilovskoye, donde había pasado los dos años anteriores.
El emperador le hizo una pregunta directa: ¿habría participado en la rebelión del 26 de diciembre de 1825 si hubiera estado en San Petersburgo? Aquel día, quienes posteriormente serían conocidos como los decembristas se habían concentrado en la plaza del Senado.
Pushkin no intentó disimular y respondió que habría estado allí junto a sus amigos. Subrayó que no renegaba de sus vínculos de amistad con los decembristas ni ocultaba que compartía sus ideas. Según testimonian las fuentes, Nicolás I recibió aquella sinceridad con respeto y valoró la franqueza del poeta.
Más adelante, Pushkin recrearía una escena semejante en su novela La hija del capitán, en la que Piotr Griniov habla con la misma valentía y sinceridad a Yemelián Pugachov, quien se hacía pasar por el emperador Pedro III.
Las memorias de la época también recogen un segundo episodio, casi anecdótico, ocurrido durante aquella misma audiencia. Animado por la actitud indulgente del soberano, Pushkin comenzó a sentirse más cómodo y se apoyó en una mesa, hasta el punto de quedar prácticamente sentado sobre ella. En algunas versiones posteriores, este episodio se transformó en que el poeta “se sentó en una silla”.
Como la audiencia tuvo lugar a solas, algo sin precedentes en la Rusia zarista, solo existen dos versiones directas de lo sucedido en aquel encuentro: la del poeta y la del emperador.