Así era correrse una juerga en la Moscú antes de la Revolución

Administración Principal de Archivos de la Ciudad de Moscú/Mos.ru
Administración Principal de Archivos de la Ciudad de Moscú/Mos.ru
Divertirse y emborracharse era poca cosa para describir una auténtica juerga, organizada con gusto y a lo grande. Las ruidosas francachelas podían durar varios días, trasladarse de un restaurante a otro e incluían necesariamente toda clase de locuras.

Además de Telegram, Puerta a Rusia difunde contenidos en su página de VKontakte. ¡Únete a nosotros!

Archive photo
Archive photo

No eran solo los sibaritas moscovitas quienes se entregaban a estas juergas, sino también comerciantes y bohemios. Se prolongaban los desayunos durante horas en los restaurantes Ermitazh y Slavianski Bazar, y después de las funciones nocturnas en el teatro o de las excursiones a las afueras se acudía a cenar al Yar, que permanecía abierto hasta bien entrada la madrugada. Este establecimiento de las afueras de Moscú fue el primero que, en la década de 1860, comenzó a contratar coros gitanos: tenían prohibido actuar en la ciudad y el público se desplazaba encantado hasta allí para escuchar sus canciones, unas emotivas y otras llenas de ritmo. Aquel "pequeño mundo de desenfreno hermoso", donde había "electricidad, orquesta, mujeres emperifolladas de mirada atrevida y conversaciones desenfrenadas", atraía a cualquiera que tuviese algo de dinero. Pero, sobre todo, a quienes sabían y disfrutaban derrochándolo.

Mos.ru
Mos.ru

Allí el champán no se bebía por copas ni por botellas, sino por “arshines”. El espumoso se servía sobre una bandeja de un arshín cuadrado (entre 0,5 y 0,7 metros cuadrados): se llenaba con tantas copas como cupieran y así se llevaba hasta la mesa. Los vividores moscovitas inventaban sus propios cruchones (ponche frío alcohólico) y añadían joyas a la bebida: cuando se terminaba el cóctel, las copas, llenas de alhajas, se repartían entre las cantantes del local.

Para divertirse, algunos clientes llegaban a convertir un piano en un acuario: lo llenaban de champán y echaban dentro sardinas de lata para que "nadasen". Otros, después de ríos de espumoso y coñac, sentían la necesidad de desahogarse. Si no encontraban un interlocutor adecuado (algo que, naturalmente, sucedía pocas veces), siempre podían compartir sus pensamientos con el espejo de alguno de los reservados. Las confesiones garabateadas en las paredes del reservado conservaban las confidencias de numerosos clientes: "Estuve aquí y me gasté quinientos rublos en juergas", "... ¿cómo no te da vergüenza conquistar un corazón y no devolverlo?" o "Estuve aquí borracho".

Damas para la cena

Administración Principal de Archivos de la Ciudad de Moscú/Mos.ru
Administración Principal de Archivos de la Ciudad de Moscú/Mos.ru

Naturalmente, en aquellas fiestas no faltaban las mujeres. La gran atracción de la velada en uno de los restaurantes de Moscú era un plato especial que tenían que transportar entre varios camareros. En el centro de una bandeja, rodeada de todo tipo de aperitivos, flores y frutas, yacía una mujer desnuda. El "plato" se colocaba sobre la mesa y los comensales pedían champán: cubrían de dinero a la mujer, la rociaban con vino y picaban los alimentos dispuestos a su alrededor.

Al Teatro de Aumont, en el pasaje Kamerguerski, se acudía en busca de bailes exóticos. Las artistas del establecimiento interpretaban la danza del vientre, oficialmente prohibida, aunque pagando un suplemento podía encargarse una actuación en un reservado.

Mos.ru Restaurante "Yar"
Mos.ru

Los aficionados a los juegos de cartas se reunían en clubes y círculos privados, donde en una sola noche podían dilapidarse fortunas y perderse enormes honorarios. El dinero corría a raudales. A veces algún invitado ocasional, que había acudido acompañando a un socio del club, no podía pagar sus pérdidas o sencillamente escapaba; en esos casos, quien lo había invitado tenía que hacerse cargo de la deuda. En el Club Inglés se jugaba durante toda la noche: sus clientes no tenían que preocuparse por una posible redada policial, ya que el gobernador general era miembro honorario de la dirección y el jefe de policía, cliente habitual. En cierta ocasión, Lev Tolstói perdió allí mil rublos frente a un oficial y estuvo a punto de acabar en la lista negra de morosos; afortunadamente, un editor conocido suyo acudió en su ayuda. Y en la sala "infernal" del club, antes incluso de la abolición de la servidumbre, se apostaban aldeas y haciendas: en una sola noche los campesinos podían cambiar de propietario.

Bañarse con esterletes

Foto de archivo Restaurante "Slavianski Bazar"
Foto de archivo

Los restaurantes de Moscú estaban preparados prácticamente para cualquier eventualidad y tenían tarifas hasta para las ocurrencias más disparatadas. En el Yar, por ejemplo, se podía romper legalmente un espejo de un botellazo. Costaba 100 rublos (unos 1.700 dólares). Quienes quisieran armar jaleo (y quedar impunes) debían preparar 120 rublos (unos 1.400 dólares): por ese precio podían embadurnar de mostaza a un camarero.

En una sola noche era posible dejarse una fortuna en los restaurantes. En cierta ocasión, un grupo pasó cuatro horas arrojando vino por las ventanas de un segundo piso, mientras los camareros apenas daban abasto llevándoles las botellas más caras. Cuando llegó el momento de pagar, el anfitrión de la fiesta no movió un músculo: la diversión le costó 100.000 rublos, equivalentes aproximadamente a 150 millones de rublos o 1,7 millones de dólares actuales.

Foto de archivo Restaurante "Slavianski Bazar"
Foto de archivo

Antón Chéjov describió en uno de sus artículos de 1885 las francachelas con motivo del Día de Tatiana y señaló que aquella vez "se bebió todo excepto el río Moscova". Los estudiantes lo celebraban en el Yar: "La diversión fue tal que un estudiante, llevado por el exceso de entusiasmo, se bañó en el estanque donde nadaban los esterletes (peces de la familia de los esturiones) de Natruskin".

En ocasiones, sin embargo, la imaginación de los juerguistas iba todavía más lejos. Una vez, por ejemplo, un grupo encargó un cruchón (una bebida de vino mezclado con licor, champán, coñac y frutas) por valor de mil rublos. El establecimiento solo estaba dispuesto a prepararlo por 300. Así que los comensales añadieron al cóctel... monedas de oro. Exactamente por los setecientos rublos que "faltaban".

Tren Moscú–África

Las fiestas terminaban a veces en situaciones bastante curiosas. Un grupo que llevaba toda la noche de juerga celebró tan bien la onomástica de uno de sus integrantes que tuvo tiempo de recorrer varios restaurantes y después decidió marcharse de caza... a África. La idea surgió a raíz de las historias que había contado uno de los invitados.

A la mañana siguiente, los improvisados cazadores descubrieron que se encontraban a bordo de un tren en algún lugar de la gobernación de Oriol. Solo pudieron reconstruir lo ocurrido gracias a una nota que, previsores ellos, habían redactado durante la noche y que apareció en el bolsillo del abrigo de uno de los integrantes del grupo.

En ella figuraban detalladamente el plan y el itinerario: Moscú–África.