Cuando la ‘dorada juventud’ de la Rusia zarista protagonizó extravagancias SALVAJES

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¿Un frac rojo o un vestido de mujer? ¿Una tigresa en lugar de un perrito faldero o un leopardo como guardián? ¿Por qué elegir si se puede tener todo a la vez?

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Los leones y leonas de la alta sociedad, siempre dispuestos a inventar algo nuevo, sabían convertir las ya aburridas fiestas con baile y champán en acontecimientos de los que hablaba todo Moscú. En una ocasión se celebró en la ciudad un baile inspirado en el Directorio francés, con un código de vestimenta muy particular. Para todos los hombres invitados se encargaron en París fracs rojos, mientras que las damas acudieron… descalzas o con sandalias cuyas correas estaban adornadas con anillos. Los invitados especiales fueron unos tatuadores llegados de Londres, que realizaron dibujos sobre la piel de las damas y caballeros presentes. Pero los vividores de Moscú y San Petersburgo organizaban cosas todavía más extravagantes.

Fiesta con insectos

Mos.ru La villa “Cisne Negro”
Mos.ru

Sobre la villa “Cisne Negro” de Nikolái Riabushinski circulaban por Moscú rumores cada cual más increíble. Se decía que este descendiente de una famosa dinastía de comerciantes organizaba allí “noches atenienses” con actrices desnudas. Nunca hubo confirmación oficial: quienes difundían los rumores se limitaban a guiñar el ojo de manera significativa y adoptar expresiones misteriosas. Pero incluso sin aquellas supuestas noches atenienses, en la mansión de Riabushinski no faltaban las extravagancias.

Por ejemplo, para la fiesta de la floración de los manzanos se preparaban las mesas de los invitados en una terraza abierta al jardín. Al caer la noche se encendía la iluminación entre los árboles y la hierba. Hasta el amanecer, los invitados paseaban por aquel jardín mágico invadido por mariposas, ranas y saltamontes mecánicos. Saltaban y reptaban, provocando de vez en cuando los chillidos de sorpresa de las damas.

Y ni siquiera hacían falta insectos para quedarse boquiabierto en aquella villa: como animal de vigilancia había un leopardo encadenado.

África junto a la Puerta Roja

Dominio público Mijaíl Jlúdov
Dominio público

Los moscovitas sentían, en general, cierta debilidad por los grandes felinos y otros animales exóticos. Mijaíl Jlúdov, hijo del industrial Alexéi Jlúdov, fue uno de los primeros empresarios rusos que llegó hasta Asia Central. De allí regresó no solo con lucrativos contratos comerciales, sino también con una tigresa.

El animal estaba adiestrado tan bien como un perro policía y acompañaba a su dueño a todas partes: a restaurantes, de visita a casas de amigos y también recibía a quienes acudían al domicilio de los Jlúdov.

El pintor Konstantín Korovin describió su encuentro con la tigresa como “África junto a la Puerta Roja”:

“Me quedé petrificado por la sorpresa: detrás del caniche apareció un monstruo de al menos una sazhen de largo, poderoso, anaranjado, como envuelto en cintas negras. Sus enormes patas avanzaban silenciosamente sobre el parqué y, me pareció, sus grandes ojos amarillos se clavaron directamente en mí”.

Jlúdov trataba de transmitir a su familia su pasión por los animales salvajes. En cierta ocasión, en presencia de varios invitados, llevaron al salón una enorme caja. Al retirar la tapa apareció el regalo que había preparado para el santo de su esposa: un cocodrilo vivo.

Vladímir Guiliarovski recordó en su libro Moscú y los moscovitas la última vez que vio a Jlúdov. Fue durante una exposición canina en el Manezh: estaba sentado en un taburete dentro de una jaula de hierro, bebiendo coñac de un vaso de plata. A sus pies descansaba la tigresa, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas.

Sanguijuelas para cenar

Dominio público León Mantáshev
Dominio público

De León Mantáshev, hijo del magnate del petróleo Alexánder Mantáshev, se decía que era jugador y favorito de la fortuna. En 1912 ganó ocho millones de rublos gracias a sus operaciones bursátiles y decidió celebrarlo organizando una recepción para un centenar de invitados.

La cena costó 200.000 rublos, una cantidad con la que entonces podía comprarse una fábrica. En las ventanas se instalaron pantallas donde se proyectaban las películas más recientes y tres orquestas tocaban simultáneamente en el salón.

Los invitados recibieron regalos, entre ellos broches y pitilleras de oro. Y el menú era extraordinario.

Se sirvieron platos de las cocinas rusa, caucásica y francesa. Desde París, el restaurador Lucien Olivier llevó ostras, alcachofas, espárragos y langostas. Desde Tiflis llegaron truchas y corderos; desde Astracán, esturión esterlete. Las tabernas moscovitas aportaron rastegái, shchi preparado durante 24 horas y gachas de trigo sarraceno para el desayuno de los caballeros que amanecieran con resaca.

Pero fue el primer plato el que dejó a todos sin palabras: eran… sanguijuelas fritas, previamente alimentadas con sangre de oca.

Una estrella llamada Félix

Dominio público Félix Yusúpov
Dominio público

Félix Yusúpov, heredero de una de las familias más ricas de Rusia, adoraba gastar bromas a la gente. Ya de adolescente se vestía con ropa femenina junto a su primo Vladímir Lázarev y salía así a pasear por la avenida Nevski de San Petersburgo. Gracias a su figura esbelta y sus delicados rasgos faciales, el príncipe resultaba prácticamente indistinguible de las bellezas petersburguesas.

En una ocasión, su hermano Nikolái recomendó al director del restaurante Aquarium de San Petersburgo a una “cantante francesa con los últimos cuplés de París”.

Los seis conciertos llenaron el local. A los pies de la misteriosa belleza arrojaban flores y le enviaban declaraciones de amor. Todo parecía encaminado hacia un contrato permanente hasta que alguien reparó en las lujosas joyas que llevaba la cantante… Eran de la princesa Yusúpova.

El secreto de Félix quedó al descubierto y durante mucho tiempo tuvo que soportar reprimendas por haberse llevado los diamantes de su madre sin permiso.