¿Por qué los ‘protestantes ortodoxos’ fueron las personas más ricas del Imperio ruso?
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¿Quiénes eran los viejos creyentes?
A mediados del siglo XVII se produjo un cisma en la Iglesia ortodoxa rusa. Su origen estuvo en las reformas del patriarca Nikon. Tras el yugo tártaro-mongol, los ritos eclesiásticos en Rusia carecían de uniformidad y las diferencias podían llegar a ser bastante importantes. Nikon decidió unificarlos siguiendo el modelo griego. Introdujo la señal de la cruz con tres dedos en lugar de dos, sustituyó las postraciones hasta el suelo por inclinaciones de cintura y corrigió los libros litúrgicos.
Una parte de los fieles, encabezada por el arcipreste Avakum, consideró estas innovaciones una “corrupción de la fe” y se negó a aceptarlas. Por ello fueron declarados cismáticos y sufrieron persecuciones por parte del Estado y de la Iglesia oficial hasta 1905.
En este sentido, a los viejos creyentes se los denomina en ocasiones “protestantes ortodoxos”, no porque estuvieran próximos al protestantismo occidental, sino porque, al igual que los protestantes, se opusieron a unas reformas eclesiásticas impuestas “desde arriba” y defendieron su derecho a practicar su propia fe.
Paradójicamente, fueron precisamente la persecución y el aislamiento forzoso los que sentaron las bases de su futuro poder económico. Durante los siglos XVIII y XIX surgieron entre ellos algunos de los hombres más ricos del Imperio ruso: comerciantes, industriales y empresarios que se convirtieron, en la práctica, en pioneros del capitalismo ruso.
Sus comunidades cerradas, la confianza mutua, una férrea reputación comercial y la disposición a ayudar a sus correligionarios crearon una singular cultura empresarial que permitió a los viejos creyentes concentrar en sus manos una parte considerable del capital industrial y comercial del país.
Según algunos investigadores, a comienzos del siglo XX los representantes de los viejos creyentes llegaron a controlar el 64 % de todo el capital ruso.
Las dinastías de ‘viejos creyentes’ más ricas
Representantes de las cuatro ramas de la familia Morózov. De izquierda a derecha: Abram Abrámovich, Timoféi Sávvich, Iván Zajárovich y Vikula Yeliséyevich Morózov. Principios de la década de 1860.
Los Morózov se hicieron famosos no solo por encontrarse entre los mayores industriales y las personas más ricas del país, sino también por ser generosos mecenas y coleccionistas. Sus colecciones de pintura occidental (con obras de Van Gogh, Picasso y Matisse), así como los hospitales, teatros y bibliotecas financiados por ellos, contribuyeron en buena medida a configurar la vida cultural de Moscú.
M. Riabushinski
Los Riábushinski estuvieron vinculados a la industria textil, la banca y las industrias maderera y del vidrio, además de participar en la fundación de AMO, la primera fábrica de automóviles del país y futura ZIL. Pasaron a la historia no solo como los “Rothschild rusos”, sino también como generosos mecenas y coleccionistas.
Retrato de N. A. Bugrov, siglo XX, Nizhni Nóvgorod
Los Bugrov, molineros y comerciantes de cereales de Nizhni Nóvgorod, destinaban hasta la mitad de sus ingresos a la construcción de albergues para personas sin hogar, asilos, hospitales y el primer sistema gratuito de abastecimiento de agua de la ciudad. Nikolái Bugrov regaló a Nizhni Nóvgorod calles pavimentadas con piedra y pasó a la historia como el benefactor más célebre de la ciudad.
Matvéi Kuznetsov
Los Kuznetsov, conocidos como los “reyes de la porcelana” de Rusia, crearon la mayor producción de porcelana y loza de Europa. Al mismo tiempo, construyeron escuelas, hospitales, orfanatos e iglesias para sus trabajadores, destinando importantes cantidades de dinero a estas iniciativas.
Retrato de Savva Mámontov
Savva Mámontov construyó el ferrocarril Moscú-Arjánguelsk y fundó la Ópera Privada Rusa de Moscú. Su finca de Abrámtsevo, cerca de Moscú, se convirtió además en uno de los grandes centros de la vida artística rusa, donde desarrollaron su talento artistas como Víktor Vasnetsov, Valentín Serov y Konstantín Korovin, además del cantante Fiódor Chaliapin.
¿Por qué tuvieron tanto éxito?
El extraordinario éxito económico de los viejos creyentes suele explicarse por su singular organización social. En primer lugar, en un contexto de persecución permanente por parte del Estado y de la Iglesia oficial, la comunidad religiosa se convirtió en una poderosa institución de ayuda mutua y confianza.
Era la propia comunidad la que proporcionaba el capital inicial a los comerciantes que comenzaban sus negocios. Por tanto, no necesitaban recurrir a los bancos estatales o comerciales. Los vínculos internos permitían además hacer negocios sin contratos escritos, confiando exclusivamente en la reputación y en la palabra dada, lo que reducía considerablemente los costes y los riesgos.
El segundo factor fundamental fue su ética religiosa, que generó una actitud particular hacia el trabajo y la riqueza. Al igual que ocurrió con la ética protestante, la fe de los viejos creyentes influyó directamente en su actividad económica. La iniciativa empresarial era percibida como el cumplimiento de un “deber sagrado ante Dios”, mientras que el trabajo era considerado una actividad beneficiosa para la salvación del alma.
A ello se sumaban la disciplina, la austeridad y la disposición a trabajar con tenacidad. Todo ello configuraba el tipo ideal de empresario capitalista “racional”, alejado del lujo ostentoso y del despilfarro.
El tercer factor fue el aislamiento forzoso. Durante siglos, el Estado impuso a los viejos creyentes una doble tributación, anuló sus testamentos y restringió sus derechos de distintas maneras, obligándolos a buscar sectores en los que pudieran mantener cierta autonomía.
Paradójicamente, esta marginación contribuyó a su éxito económico. Los economistas han señalado en numerosas ocasiones que los grupos perseguidos o marginados suelen prosperar en los negocios, especialmente en el comercio, ya que la cohesión forzada y la confianza mutua dentro del grupo pueden proporcionarles ventajas frente a una mayoría menos cohesionada.
Los viejos creyentes se encontraron así en la posición de una minoría para la que una intensa actividad empresarial no era simplemente una forma de enriquecerse, sino también una estrategia de supervivencia y de protección de su fe.