Ocho Odiseos de la literatura rusa
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En la Rusia de los siglos XVIII y XIX, la cultura clásica constituía una parte importante de la educación de la nobleza. En los institutos y centros de enseñanza superior era obligatorio estudiar griego antiguo y latín, así como mitología e historia de la Antigüedad. Además, las clases altas, que dominaban el francés, leían a Homero en traducciones francesas.
Desde la segunda mitad del siglo XVIII existían en ruso traducciones en prosa de la Odisea, así como adaptaciones e imitaciones. Por eso, cuando apareció la traducción de la Odisea del poeta Vasili Zhukovski, su argumento ya formaba parte del código cultural ruso.
La figura del antiguo héroe griego inspiró a numerosos escritores rusos, que interpretaron de maneras muy diferentes su destino y sus objetivos.
1. El veterano — Konstantín Bátiushkov, ‘El destino de Odiseo’ (1814)
Este poema fue escrito inmediatamente después de las campañas europeas del Ejército ruso de 1813-1814, cuando Rusia derrotó a Napoleón. Bátiushkov, que había vivido personalmente la guerra, no celebra la victoria, sino que muestra el cansancio y el dolor interior del héroe.
Su Odiseo es un “sufriente temeroso de los dioses” que ha sobrevivido al inframundo, a Escila y Caribdis. Cuando finalmente alcanza su Ítaca natal, despierta en la orilla y no reconoce su propia patria. Para la generación de Bátiushkov, Odiseo se convirtió así en un símbolo del trauma y la alienación de la posguerra.
2. El aventurero — Pável Chíchikov en ‘Almas muertas’ de Nikolái Gógol (1842)
El gran escritor ruso Nikolái Gógol escribió este poema en prosa sobre el estafador Pável Chíchikov. Viaja por Rusia comprando a los terratenientes “almas muertas”: los nombres de siervos fallecidos que todavía figuran en los registros oficiales, con la intención de utilizarlos después como garantía para obtener un préstamo.
Gógol parodia deliberadamente la epopeya homérica. Chíchikov, como Odiseo, viaja constantemente y se encuentra con todo tipo de personajes, desde el soñador Manílov hasta el codicioso Sobakévich.
También recurre a la astucia: cuando le preguntan quién es, responde de manera evasiva e intenta permanecer “inadvertido”, como Odiseo en la cueva del cíclope. Pero mientras Odiseo es un héroe noble, Chíchikov es un pícaro. Su “odisea” no termina con el regreso al hogar, sino huyendo para evitar ser descubierto.
3. El viajero corriente — Iván Goncharov, ‘La fragata Pallada’ (1858)
Se trata de un libro de crónicas de viaje en el que el célebre escritor ruso relata su auténtica travesía alrededor del mundo a bordo de una fragata militar durante la década de 1850.
El autor se compara irónicamente con el héroe griego. La gracia está en que Goncharov no es un intrépido navegante, sino un delicado escritor de costumbres sedentarias que sufre mareos, añora San Petersburgo y se queja constantemente de las incomodidades del viaje.
Incluso bromea diciendo que Odiseo “no soportó ni una décima parte” de las penalidades que le tocaron a él. Goncharov convierte así la gran epopeya en una historia cotidiana sobre cómo un hombre corriente afronta una aventura extraordinaria.
4. El buscador espiritual — Pierre Bezújov en ‘Guerra y paz’ de Lev Tolstói (1869)
Es el “Odiseo ruso” más profundo y solemne, aunque sus viajes son fundamentalmente espirituales.
Pierre pasa de una pasión a otra: la masonería, la filantropía, los intentos de mejorar la vida de sus campesinos... Vive un duelo, el desengaño amoroso, los horrores de la batalla de Borodinó y el cautiverio.
Durante su cautiverio conoce a Platón Karatáiev, un sencillo soldado cuya sabiduría ayuda a Pierre a alcanzar la armonía interior. Su regreso final es también el regreso a su particular “Penélope”, Natasha Rostova. Después de todas sus tribulaciones, encuentra la felicidad en la familia y en una vida humana sencilla. El largo camino de regreso a casa ha terminado.
5. El héroe tentado — Valeri Briúsov, ‘Odiseo con Calipso’ (1909)
El poeta simbolista ruso Valeri Briúsov recurrió al famoso episodio de la Odisea en el que el héroe pasa siete años junto a la ninfa Calipso, que le ofrece la inmortalidad y una felicidad eterna en su isla.
Calipso promete liberar a Odiseo de todos sus sufrimientos, pero él continúa mirando hacia el mar y pensando en Penélope y en Ítaca. El héroe escoge el deber y la memoria y rechaza la comodidad del olvido.
Aquí la lucha ya no es contra monstruos, sino contra las tentaciones.
6. El eterno viajero — Nikolái Gumiliov, ciclo ‘El regreso de Odiseo’ (1909)
Gumiliov crea su propia versión del mito en un ciclo de tres poemas: En la orilla, La matanza de los pretendientes y Odiseo con Laertes.
En el primero, Odiseo aparece no tanto como guerrero sino como poeta: “El corazón es una colmena llena de panales, / dorados, incomparables”. Pero incluso cuando está a punto de alcanzar su tierra natal, las dudas atormentan al héroe. El regreso no le proporciona la paz: la maldición de Poseidón lo convierte en un eterno vagabundo.
El segundo poema describe la sangrienta matanza de los pretendientes. Pero Gumiliov va más allá de la venganza: su Odiseo renuncia conscientemente a la felicidad doméstica. En el monólogo final se despide de su padre, Laertes, y vuelve a lanzarse al mar.
Viajar deja de ser para él un castigo y se convierte en una vocación.
7. El sabio que regresa — Ósip Mandelstam, ‘Del frasco fluía un chorro de miel dorada...’ (1917)
El poema fue escrito en Crimea, en la “triste Táuride”, que en el convulso año de 1917 se convierte para el poeta en una especie de “Hélade rusa”.
En ese mundo apacible, donde los días ruedan “como pesados barriles” y las uvas se comparan con “una antigua batalla”, Mandelstam reflexiona sobre los vínculos entre las épocas y los ideales perdidos.
Al final, Odiseo regresa después de sus largos viajes, “lleno de espacio y de tiempo”. Para Mandelstam, el regreso de Odiseo contiene la esperanza de superar el caos y recuperar el hogar.
8. El exiliado que ha perdido la memoria — Joseph Brodsky, ‘Odiseo a Telémaco’ (1972)
El poema fue escrito el mismo año en que el autor se vio obligado a emigrar. Es una carta-monólogo de Odiseo dirigida a su hijo.
A diferencia del héroe de Homero, este Odiseo no recuerda con certeza quién ganó la guerra de Troya, desconoce la edad de su hijo y apenas reconoce el mundo que lo rodea, donde todas las islas “se parecen unas a otras”.
Brodski proyecta sobre Odiseo su propio destino: la separación de la mujer amada, de su hijo y de sus padres. Este Odiseo es un hombre cuya memoria ha sido erosionada por el tiempo y los viajes.
Su regreso queda en el aire: “Solo los dioses saben si volveremos a vernos”.