Algunas travesuras de los hijos de los emperadores rusos
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Desde su nacimiento, la vida de los grandes duques y grandes duquesas (los hijos del zar) estaba sometida a un reglamento riguroso. A cada niño se le asignaba todo un séquito de sirvientes: niñeras, nodrizas, institutrices, ayudas de cámara e incluso encargados de las estufas. Al mismo tiempo, el sistema educativo, establecido ya en tiempos de Catalina II, estaba orientado a forjar el carácter. A los niños no se les abrigaba en exceso durante el frío, se les daba de comer a horas fijas, se les acostumbraba al trabajo y a los ruidos fuertes (a veces incluso disparando un cañón bajo las ventanas del cuarto infantil). El emperador Alejandro III expresaba esta filosofía con sencillez: “No necesito porcelana. Necesito niños rusos normales y sanos”.
Bromas incómodas
Algunas travesuras de los hijos de los zares traspasaban todos los límites. El historiador Ígor Zimin cuenta en su libro El mundo infantil de las residencias imperiales que el hijo menor de Nicolás I, Konstantín, una vez, durante una partida de cartas de adultos, retiró la silla justo cuando iba a sentarse un invitado, el respetable Iván Tolstói. Este cayó estrepitosamente al suelo, y el zar, furioso, primero pidió disculpas públicas por su hijo y luego le impuso un severo castigo.
Pero la travesura más audaz fue protagonizada por el heredero de Nicolás II, Alexéi. En el otoño de 1915, en pleno desarrollo de la Primera Guerra Mundial, durante una cena oficial en el Cuartel General del Comandante Supremo, el zarevich de 11 años se acercó sigilosamente por detrás a su tío y le encasquetó en la cabeza media sandía vaciada. El humillado y empapado pariente anciano apenas logró liberarse, mientras los presentes, incluido el propio emperador, apenas podían contener la risa.
En otra ocasión, siendo aún más pequeño, Alexéi se metió sin ser visto bajo la mesa durante una comida y le quitó el zapato a una de las damas. Ella gritó de sorpresa. Con su botín, el niño reptó hasta sus padres, pero estos le ordenaron con severidad que devolviera inmediatamente el calzado a su lugar. Alexéi regresó arrastrándose, pero por el camino tomó una fresa de la mesa y la colocó dentro del zapato. Al sentir algo frío y húmedo en el pie, la dama gritó aún más fuerte. Por esta osada travesura, el heredero fue privado durante varias semanas del derecho a aparecer ante los invitados.
Probarse la historia
Durante las visitas a la Armería del Kremlin, a los hijos del zar se les permitía tocar con las manos literalmente todos los objetos expuestos. Para ellos no era simplemente un museo, sino un mundo de objetos personales de sus ilustres antepasados. Pero una vez, el mismo travieso Konstantín se entusiasmó tanto que se probó las enormes botas de Pedro I, se sentó en el trono de Iván el Terrible y ya estiraba la mano hacia la principal reliquia (el gorro de Monómaco) cuando fue detenido por su preceptor, el almirante Litke.
Esta tradición continuó también en el siglo XX: su tataranieta, la pequeña Olga Nikoláyevna, de seis años (hija de Nicolás II), se encariñó tanto con las carrozas de sus antepasados que ordenó muy seriamente a los empleados que enviaran una de ellas a Tsárskoe Seló “para uso diario”. Por supuesto, recibió una negativa educada, pero firme.