Los clásicos rusos y la dacha
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Los rusos deben la aparición de las dachas a Pedro I de Rusia, quien entregaba terrenos en los alrededores de San Petersburgo a sus allegados para construir residencias de verano. Así resolvía dos problemas al mismo tiempo: mantenía cerca a la corte y ayudaba a poblar los alrededores de la nueva capital. De ahí surgió la palabra “dacha”, derivada del verbo ruso “dar”.
A finales del siglo XIX, la palabra “dacha” ya designaba cualquier vivienda de campo, propia o alquilada. También nació la tradición de abandonar la ciudad durante el verano para escapar del ruido y el polvo. El pintor Konstantín Korovin recordaba: “En verano, la mayoría de los habitantes de Moscú se marchaban a las dachas construidas alrededor de la ciudad. Allí la vida transcurría en plena naturaleza. A quienes se quedaban en Moscú se les consideraba mártires”.
El autor de Doctor Zhivago, Borís Pasternak, prefería claramente la vida fuera de la ciudad: “Temo el verano en la ciudad… La soledad allí se parece a la locura o a los tormentos del infierno. Polvo, arena, bochorno, calor africano”.
Fiódor Dostoievski empezaba a planificar las vacaciones de verano ya en invierno. En una carta escribía que había encargado alquilar una dacha en Stáraya Russa, un lugar famoso por sus aguas minerales y su tranquilidad.
Iván Bunin disfrutaba profundamente de la vida rural: “La casa de campo donde vuelvo a pasar el verano tiene siglo y medio de antigüedad… Todas las ventanas están abiertas y el jardín resplandece bajo el sol con un murmullo sedoso completamente veraniego”.
Quien más amaba la vida en la dacha era quizá Antón Chéjov. Confesaba: “Tumbarme sobre el heno y pescar una perca con caña me satisface mucho más que las críticas teatrales y los aplausos”.
Sin embargo, todo cambió cuando compró la finca de Mélijovo, cerca de Moscú. Allí despertó inesperadamente su pasión por la jardinería. Plantó cerezos, manzanos y enormes cantidades de lilas. Más tarde hizo lo mismo en su casa de Yalta, cuidando personalmente incluso de los rosales. Chéjov soñaba con un futuro en el que “toda la tierra se convierta en un jardín floreciente”.
Muchos escritores eligieron también Gátchina, en las afueras de San Petersburgo, como lugar de descanso. Alexánder Kuprín escribía: “Logré crearme la ilusión perfecta del campo, que amo y que es lo único capaz de proporcionar la paz espiritual que tanto necesitamos los escritores”. Allí tenía un jardín y un pequeño criadero de aves al que dedicaba gran parte de su tiempo.