Estos fueron los terremotos más devastadores de la historia de la URSS
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La destrucción de Asjabad
En la madrugada del 6 de octubre de 1948, hacia la una de la mañana, la capital de la República Socialista Soviética de Turkmenistán, Asjabad, fue sacudida por un violento terremoto de entre 7 y 10 grados en la escala de Richter. La mayoría de las viviendas de la ciudad, construidas con adobe y de una sola planta, se derrumbaron casi de inmediato, convirtiéndose en la tumba de decenas de miles de personas.
“Se apagaron las luces... Durante unos segundos, en medio de la oscuridad absoluta, solo se oía el estruendo de los edificios al desplomarse y el crujido de las vigas al romperse”, recordó Tíjon Bóldirev, miembro del servicio médico local. “Un ruido sordo, como un profundo suspiro, recorrió la ciudad y dio paso a un silencio sepulcral. El aire estaba cargado de un polvo espeso y asfixiante. No se escuchaba ni un solo grito de auxilio, ni el sonido de los animales; parecía que bajo los escombros hubiera desaparecido toda forma de vida. Solo al cabo de un tiempo comenzaron a oírse las primeras señales: llamadas de socorro, gemidos de los heridos, el llanto de los niños y los lamentos por los seres queridos perdidos”.
En la ciudad, que contaba con más de 200 instalaciones industriales, se declararon numerosos incendios. Los vecinos intentaban rescatar a sus familiares atrapados entre los escombros, muchas veces sin éxito. Como si la tragedia no fuera suficiente, los presos escaparon de la cárcel destruida, saquearon comisarías y se apoderaron de armas, lo que provocó un aumento de los robos y los asesinatos.
El Gobierno soviético envió tropas, policías, médicos, alimentos, medicinas, ropa, materiales de construcción y maquinaria. Como todos los hospitales habían quedado destruidos, se instalaron puestos médicos improvisados en las calles. Debido al intenso calor y al riesgo de infecciones, los médicos se vieron obligados a amputar miembros que, en circunstancias normales, habrían podido salvar.
Uno de los terremotos más destructivos del siglo XX acabó con la vida de entre 30.000 y 100.000 personas en Asjabad y sus alrededores. En 1949 comenzó la reconstrucción prácticamente desde cero de la capital turkmena.
El desastre de Sévero-Kurilsk
El 5 de noviembre de 1952, un terremoto de hasta 9 grados en la escala de Richter sacudió el océano Pacífico, a unos 130 kilómetros de la península de Kamchatka. A las cinco de la mañana, las sacudidas ya se sentían en toda la costa soviética.
Los daños causados directamente por el seísmo fueron relativamente reducidos: grietas en edificios y en el terreno. Sin embargo, el terremoto desencadenó un fenómeno mucho más devastador: un tsunami.
Veinte minutos después del seísmo, la primera ola alcanzó Sévero-Kurilsk, en la isla de Paramushir. “Apenas habíamos llegado a la oficina del distrito cuando escuchamos un estruendo procedente del mar”, recordaría el agente de seguridad Deriábin. “Al volvernos vimos una inmensa pared de agua avanzando hacia la isla. Ordené advertir a la población disparando al aire y gritando: ‘¡Agua!’. Después corrimos hacia las colinas. La gente salió de sus casas como pudo, muchos descalzos y en ropa interior, y nos siguieron”.
Media hora más tarde llegó una segunda ola, aún más destructiva, de hasta veinte metros de altura. Creyendo que el peligro había pasado, muchos vecinos ya habían comenzado a regresar a sus hogares. Fue entonces cuando recibieron el golpe más terrible.
“Había cadáveres por todas partes”, recordaba Lev Dombrovski. “Un hombre colgaba del mástil de una grúa. Un edificio construido con placas de hormigón seguía en pie, pero el techo, las puertas y las ventanas habían desaparecido”.
Poco después llegó una tercera ola que arrastró mar adentro todo lo que aún permanecía en la costa. Casas enteras, tejados y restos de edificios flotaban junto a cientos de cadáveres. Según los datos oficiales, murieron 2.336 personas, más de la mitad de la población de la ciudad.
La tragedia de Armenia
El terremoto de Spitak, ocurrido el 7 de diciembre de 1988, alcanzó una magnitud de hasta 9 grados en la escala de Richter. Apenas duró treinta segundos, pero fue suficiente para destruir gran parte de la República Socialista Soviética de Armenia. La energía liberada fue equivalente a la explosión de diez bombas atómicas como la lanzada sobre Hiroshima.
El epicentro se situó en la ciudad de Spitak, al norte del país.
“Primero se escuchó un estruendo muy fuerte. Unos segundos después comenzó a temblar el suelo y salí despedido varios metros”, recordó el testigo Gaik Margaryán. “Conseguí levantarme e intenté saltar por la ventana, pero no tuve tiempo. Llegó una segunda sacudida mucho más intensa. Todo se movía tanto que era imposible mantenerse en pie”.
Las segundas ondas sísmicas fueron mucho más potentes que las primeras. Edificios enteros de varias plantas se desplomaron como castillos de naipes, sepultando a quienes no lograron escapar. El asfalto ondulaba como si fuera agua y, en las montañas cercanas, se abrió una grieta de seis metros de profundidad y treinta y siete kilómetros de longitud.
La ciudad de Spitak quedó prácticamente borrada del mapa. Además, otros veinte municipios y cerca de 300 aldeas sufrieron graves daños. Entre 25.000 y 45.000 personas perdieron la vida, unas 140.000 resultaron gravemente heridas y más de medio millón quedaron sin hogar.
Toda la Unión Soviética movilizó sus recursos para auxiliar a Armenia. Además, 111 países enviaron ayuda humanitaria. Gracias al trabajo conjunto del Ejército y de miles de voluntarios, unas 16.000 personas fueron rescatadas con vida de entre los escombros y más de 40.000 fueron evacuadas de las zonas más afectadas.
“Lo peor no eran los innumerables muertos cubiertos con alfombras, mantas y flores en los estadios, plazas y calles agrietadas”, recordaba la corresponsal Natalia Kozlova. “Lo más sobrecogedor eran los supervivientes. Caminaban despacio, como fantasmas. Nadie gritaba ni levantaba la voz. Si les hacías una pregunta, respondían. Si los tomabas de la mano, te seguían. Pero en cuanto los soltabas, se daban la vuelta y regresaban al lugar del que habían venido”.