¿Por qué el clásico estadounidense Theodore Dreiser viajó a la URSS?

Kira Lisitskaya (Foto: Bettmann/Getty Images; Viktor Ruikovich/MAMM/MDF/russiainphoto.ru; Theodore Dreiser, H. Liveright, 1928)
Kira Lisitskaya (Foto: Bettmann/Getty Images; Viktor Ruikovich/MAMM/MDF/russiainphoto.ru; Theodore Dreiser, H. Liveright, 1928)
Quizá no había mejor observador para el experimento comunista.

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El joven Estado soviético también necesitaba una mirada externa, el reconocimiento de su camino por parte de extranjeros influyentes. Dreiser, con su origen proletario y una obra centrada en las dificultades de la vida de quienes luchan por un futuro mejor, parecía un aliado ideal.

Camino hacia el este

Bettmann / Getty Images Theodore Dreiser toma notas en su escritorio antes de zarpar hacia Rusia
Bettmann / Getty Images

En 1927, Dreiser recibió una invitación de la organización soviética “Ayuda Obrera Internacional” para visitar la URSS y participar en el 10.º aniversario de la Revolución de Octubre. El escritor, que soñaba con viajar a Rusia desde principios del siglo XX, aceptó, pero con condiciones. No le interesaban los actos oficiales: desfiles, conferencias o excursiones organizadas. Quería ver cómo vivía la gente común, qué dificultades enfrentaban obreros y campesinos, cómo funcionaban las fábricas y cómo se desarrollaban las repúblicas nacionales.

Pidió permanecer más tiempo del previsto, moverse libremente, elegir su propio itinerario y hacer cualquier pregunta. Además, solicitó un secretario-intérprete. Le aseguraron que todas sus condiciones se cumplirían y que el viaje sería totalmente financiado.

Olympiya21/auction.ru Tarjeta postal soviética
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Quedaba una duda: “¿Y si mi opinión resulta desfavorable?”, preguntó. “Asumiremos el riesgo”, le respondieron.

El 19 de octubre de 1927, Dreiser partió de Nueva York hacia el este, y el 4 de noviembre llegó a Moscú. Permaneció en Rusia dos meses y medio. Vivió primero en la capital, luego en Leningrado (actual San Petersburgo), y después recorrió el país: Perm, Novosibirsk, Nizhni Nóvgorod, Kiev, Járkov, Donetsk, Rostov del Don, Tiflis, Bakú, Batumi y toda la costa del mar Negro.

Desde el primer día llevó un diario. De esas observaciones nacieron dos obras: Diario ruso y Dreiser mira a Rusia. Esta última nunca se publicó completa en la URSS. Incluso en 1988 solo aparecieron algunos fragmentos. No es extraño: aunque su tono era en general favorable, Dreiser percibió señales preocupantes: el declive creativo en el arte, el triunfo de la mediocridad y la burocracia, y un miedo paralizante. En los años 20 estas observaciones eran inaceptables; en los 80, demasiado amargas.

Dominio público De izquierda a derecha: el agrónomo Letien, la doctora Sofia Davidovskaya, Theodore Dreiser, Ruth Kennell y un guía local. Stalino (actual Donetsk), 1927.
Dominio público

Arte, vida cotidiana y contrastes

¿Qué le gustó? El entusiasmo genuino de la sociedad, el impulso por construir una nueva vida. Le impresionó la disposición de la gente a soportar dificultades por un futuro mejor, incluso para las generaciones venideras.

Sin embargo, le inquietó cierta falta de sinceridad: a veces las dificultades se presentaban como si fueran logros. Quedó especialmente impactado por las condiciones de vida en un dormitorio obrero: familias hacinadas en una o dos habitaciones, sin baño propio, con una cocina compartida entre varias familias.

©Theodore Dreiser, H. Liveright, 1928
©Theodore Dreiser, H. Liveright, 1928

Le organizaron una visita a esa cocina para convencerlo de que el sistema tenía ventajas: compañía, solidaridad, ayuda mutua. Le explicaron que el colectivismo formaba parte del carácter ruso. Pero no lograron convencerlo. Dreiser no podía aceptar que ese tipo de vida representara el futuro comunista; al contrario, creía que la revolución debía superarlo, no perpetuarlo.

Se sorprendió al ver que incluso figuras destacadas como los directores Vsévolod Meyerhold y Serguéi Eisenstein vivían en condiciones similares. Y no solo estaban limitados por el espacio, sino también por la ideología, que restringía su libertad creativa.

Dominio público Cocina compartida.
Dominio público

En contraste, destacó los logros del cine soviético. Había visto en Estados Unidos películas como El acorazado Potemkin o El fin de San Petersburgo, y en la URSS otras como La tormenta y Las mujeres de Riazán. Consideraba que muchas superaban en calidad al cine de Hollywood.

O. Preobrazhenskaya/Sovkino, 1927 Cartel de la película «Mujeres de Riazán». Dirigida por O. Preobrazhenskaya. 1927
O. Preobrazhenskaya/Sovkino, 1927

En cambio, lamentó la pérdida de la gran tradición literaria rusa. No encontró escritores comparables a Gogol, Turguénev, Dostoievski, Tolstói o Chéjov. Según él, los autores soviéticos contemporáneos estaban muy por debajo de aquellos gigantes.

La versión completa del artículo fue publicada en el sitio web de la revista “Russki Mir”.