6 escritores rusos que adoraban el DEPORTE
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1. Lev Tolstói
Es difícil imaginar un escritor más deportivo. Le gustaban literalmente todas las actividades: montaba a caballo con maestría, jugaba al ajedrez y a los gorodkí, caminaba largas distancias; en varias ocasiones incluso realizó el viaje de Moscú a Yásnaia Poliana recorriendo hasta 200 km.
Cada mañana Tolstói comenzaba con gimnasia. “Había que ver con qué entusiasmo, vestido con mallas, intentaba saltar sobre el caballo sin tocar el cono de cuero relleno de lana colocado sobre su lomo”, recordaba el poeta Afanasi Fet. En Yásnaia Poliana incluso instaló algo parecido a un rincón deportivo con barra fija, trapecio y anillas. Y también implicaba a sus hijos en los ejercicios.
Tolstói tenía ya 67 años cuando se convirtió en uno de los primeros ciclistas de Moscú. Aprendió a montar bastante rápido y se convirtió en asiduo de las sesiones de ciclismo en el Manézh. Incluso obtuvo permiso para circular en bicicleta por las calles de la ciudad.
2. Iván Turguénev
“Juego al ajedrez con los vecinos o incluso solo; estudio partidas de ajedrez en los libros”. Turguénev tenía una única pasión deportiva, pero absorbente. Cualquier momento libre lo pasaba ante el tablero. Una vez incluso escribió a Daniel Harrwitz, uno de los ajedrecistas más fuertes de Europa en aquella época, proponiéndole un duelo. No obtuvo respuesta. Sin embargo, jugaba a menudo con Tolstói: “Jugamos al ajedrez. Él ganó dos partidas, yo una, pero no estaba de humor”, informaba el autor de Guerra y paz a su hermana.
3. Alexánder Kuprín
“¿Y nuestros literatos? ¿A qué se parecen? Rara vez se encuentra entre ellos a alguien con figura erguida, músculos bien desarrollados, movimientos precisos y paso firme. La mayoría son encorvados y torcidos; al caminar balancean todo el cuerpo, arrastran o rozan los pies: da asco mirarlos”. Kuprín encontró la solución en el deporte. Lo llamaba “una gran y poderosa fuerza” que proporciona “una enorme suma de placeres y una indudable y enorme utilidad para el desarrollo físico”.
Practicaba halterofilia y llevaba siempre un par de mancuernas en la maleta. En una ocasión dejó atónito a su sobrino utilizando a su madre, una dama bastante corpulenta, como si fuera una pesa. Sin embargo, prefería la natación a cualquier otro deporte, considerándola imprescindible para los rusos, especialmente los habitantes de San Petersburgo, ya que viven junto a grandes masas de agua.
4. Anna Ajmátova
“…Saltaba al mar y nadaba durante un par de horas. Volvía, me ponía el vestido sobre el cuerpo mojado. El vestido, rígido por la sal, se quedaba tieso sobre mí… Y así, despeinada y empapada, corría a casa”.
La poeta se enamoró de la natación en un momento poco oportuno, cuando aún era un privilegio masculino. Pero encontró la solución: decidió simplemente no pensar en ello. Y, como una auténtica sirena, se lanzaba al agua. Una vez, tras discutir con los niños con los que había ido en barca a Quersoneso a comprar sandías, Ajmátova simplemente saltó por la borda, dando así por terminada la discusión.
5. Vladímir Nabókov
“Fui un excelente deportista”, confesaba el escritor. Y era cierto: desde niño practicó esgrima y boxeo, y las clases tenían lugar en la biblioteca. Allí “se combinaban agradablemente la ciencia y el deporte: el cuero de las encuadernaciones y el cuero de los guantes de boxeo”. Otra pasión suya era el fútbol: durante sus estudios en Cambridge llegó a ser portero del equipo estudiantil. Era mucho más fácil encontrarlo en el campo que en la biblioteca.
En la finca familiar de Rozhdestveno, cerca de San Petersburgo, los Nabókov tenían una pista donde Vladímir jugaba al tenis. Años más tarde, en la década de 1920, esto le ayudó a sobrevivir: en Berlín daba clases de inglés y alemán, y también lecciones de tenis a las hijas de empresarios locales.
6. Vladímir Maiakovski
Incluso sin saberlo con certeza, uno puede imaginar al poeta practicando boxeo. “Un joven apuesto, de aspecto sombrío, con voz de protodiácono y puños de boxeador”, así describían a Maiakovski. Y, en efecto, entrenó boxeo durante dos años. Lanzaba ganchos con la misma determinación con la que escribía poesía; en una ocasión, el saco de trapos que hacía de saco se rompió por la fuerza de sus golpes.
Maiakovski dedicó versos al boxeo y confesaba: “No debo pelearme. Si empiezo, voy a matar”. Sin embargo, sí utilizaba los puños: a uno de los pretendientes de su amada Lilia Brik lo golpeó tanto que luego mostraba a todos sus propias manos llenas de moretones.