La fascinación soviética por el abismo: de ciudades submarinas, a los ‘acuanautas’
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Una ciudad secreta dentro de una montaña
Uno de los proyectos más impresionantes fue la base de Balaklava, en Crimea. Excavada dentro de la roca, esta instalación permitía a submarinos entrar directamente desde el mar a través de un canal oculto. En su interior había túneles, diques secos, almacenes de combustible e incluso depósitos de armas nucleares.
Los primeros ‘ingenieros del abismo’
Mucho antes de estas instalaciones, la URSS ya había desarrollado una cultura técnica submarina. En los años 20, la organización EPRON se encargaba de recuperar barcos hundidos, cargamentos valiosos y tecnología. Aquellas misiones mezclaban ingeniería, arqueología y espionaje.
Durante la Segunda Guerra Mundial, esa experiencia se volvió crucial. En plena batalla por Leningrado, ingenieros soviéticos tendieron un oleoducto por el fondo del lago Ládoga para abastecer la ciudad sitiada. Más tarde, incluso instalaron cables eléctricos bajo el agua.
Vivir bajo el mar
En los años 60, la ambición soviética dio un salto sorprendente: no solo querían trabajar bajo el agua, querían vivir allí.
Surgieron así los proyectos de “casas submarinas”. Programas como Ictiandro, Sadko o Chernomor permitieron a científicos (los llamados acuanautas) permanecer durante días o incluso semanas en hábitats instalados en el fondo marino.
Aquellos experimentos no eran simples curiosidades. Se estudiaban la fisiología humana bajo presión, la acústica submarina, la geología del fondo y las posibilidades de trabajo prolongado en profundidad
En algunos casos, incluso se instalaron perforadoras cerca de los hábitats, anticipando un uso industrial del lecho marino.
El salto al abismo: tecnología ultrasecreta
En las últimas décadas de la URSS, la exploración submarina dio un giro mucho más interesante.
Aparecieron vehículos capaces de descender a profundidades extremas, como el AS-12 “Losharik”, diseñado con una estructura interna de esferas de titanio. Este tipo de aparatos podía operar a miles de metros bajo la superficie, manipulando objetos en el lecho marino.