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La fascinación soviética por el abismo: de ciudades submarinas, a los ‘acuanautas’

OpenAI
Durante la Guerra Fría, mientras Estados Unidos y la Unión Soviética competían por conquistar el espacio, bajo la superficie del océano se desarrollaba otra carrera mucho menos visible.

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Una ciudad secreta dentro de una montaña

Uno de los proyectos más impresionantes fue la base de Balaklava, en Crimea. Excavada dentro de la roca, esta instalación permitía a submarinos entrar directamente desde el mar a través de un canal oculto. En su interior había túneles, diques secos, almacenes de combustible e incluso depósitos de armas nucleares.

Submarino en el museo de la base de Balaklava
Alexxx1979 (CC-BY-SA-4.0)

Los primeros ‘ingenieros del abismo’

Mucho antes de estas instalaciones, la URSS ya había desarrollado una cultura técnica submarina. En los años 20, la organización EPRON se encargaba de recuperar barcos hundidos, cargamentos valiosos y tecnología. Aquellas misiones mezclaban ingeniería, arqueología y espionaje.

Durante la Segunda Guerra Mundial, esa experiencia se volvió crucial. En plena batalla por Leningrado, ingenieros soviéticos tendieron un oleoducto por el fondo del lago Ládoga para abastecer la ciudad sitiada. Más tarde, incluso instalaron cables eléctricos bajo el agua.

Nina Vasílievna Sokolova, ingeniera militar hidráulica soviética, una de las participantes en el desarrollo y la realización del proyecto del oleoducto de Ládoga
Coronel de ingenieros Nina Sokolova

Vivir bajo el mar

En los años 60, la ambición soviética dio un salto sorprendente: no solo querían trabajar bajo el agua, querían vivir allí.

Surgieron así los proyectos de “casas submarinas”. Programas como Ictiandro, Sadko o Chernomor permitieron a científicos (los llamados acuanautas) permanecer durante días o incluso semanas en hábitats instalados en el fondo marino.

El equipo de acuaristas del Club Submarino de Donetsk "Ictiandro" junto con los científicos realizan un experimento sobre la duración de la estancia del hombre bajo el agua, Crimea. El 1 de agosto de 1967
M. Turovsky / TASS

Aquellos experimentos no eran simples curiosidades. Se estudiaban la fisiología humana bajo presión, la acústica submarina, la geología del fondo y las posibilidades de trabajo prolongado en profundidad

En algunos casos, incluso se instalaron perforadoras cerca de los hábitats, anticipando un uso industrial del lecho marino.

"Ictiandro-66"
Foto de archivo

El salto al abismo: tecnología ultrasecreta

En las últimas décadas de la URSS, la exploración submarina dio un giro mucho más interesante.

Aparecieron vehículos capaces de descender a profundidades extremas, como el AS-12 “Losharik”, diseñado con una estructura interna de esferas de titanio. Este tipo de aparatos podía operar a miles de metros bajo la superficie, manipulando objetos en el lecho marino.