El ‘topo nuclear’ soviético: el arma más loca de la Guerra Fría
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La idea resurgió en 1940, cuando el futuro ministro de Defensa, Dmitri Ustínov, propuso adaptar estas máquinas para uso militar. Un prototipo autónomo fue construido, pero la Segunda Guerra Mundial detuvo los avances.
Según Sea News tras el conflicto, la URSS descubrió documentos sobre proyectos nazis de vehículos subterráneos, entre ellos el colosal “Midgardschlange”, una supuesta mega-amfibia capaz de moverse bajo tierra, tierra firme y agua y que hubiese servido, de llegar a tiempo, para la conquista de Inglaterra. Aunque muchas de estas historias rozan el mito, reavivaron el interés soviético.
El impulso decisivo llegó en los años 60 con Nikita Jrushchov. Ansioso por superar militarmente a Estados Unidos, ordenó construir una fábrica secreta en Ucrania para producir subterinas nucleares. En 1964 nació el “Topo de Combate”: un cilindro de titanio de 35 metros, propulsado por un reactor, capaz de transportar una tripulación de cinco personas, quince soldados y una tonelada de explosivos.
La misión de este ingenio era destruir búnkeres enemigos y, en un plan más ambicioso, infiltrar California desde el subsuelo para colocar cargas nucleares capaces de provocar terremotos “naturales”.
Las primeras pruebas, cuentan en Velikaya Straná fueron prometedoras, pero durante un ensayo en los Urales la subterina explotó bajo tierra, sepultando a toda la tripulación. Tras la tragedia y la caída de Jruschov, el proyecto fue cancelado y toda la documentación clasificada.
Hoy no se sabe si existen desarrollos modernos inspirados en aquellas máquinas imposibles. Pero la historia de los “topos de combate” soviéticos sigue siendo uno de los episodios más sorprendentes, secretos y a medio camino entre la ingeniería real y la ciencia ficción de la Guerra Fría.