¿Por qué algunos llamaban a Pedro I ‘El Anticristo’?

Kira Lisitskaya (Foto: OpenAI; Mongkolchon Akesin, ojoel/Getty Images)
Kira Lisitskaya (Foto: OpenAI; Mongkolchon Akesin, ojoel/Getty Images)

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El primer emperador de Rusia fue apodado con justicia ‘el Grande’. Bajo su reinado, el país obtuvo un sistema de administración más eficaz, un poderoso ejército y una marina permanente, además de convertirse en una de las principales potencias de Europa. Sin embargo, no todos lo admiraban. Para algunos llegó a ser el Anticristo, el ‘hombre de pecado e hijo de la perdición’ a través del cual actuaba el propio Satanás. Así lo veían los viejos creyentes (‘staroobriadtsi’), opositores a las reformas religiosas impulsadas por el patriarca Nikón.

Las reformas eclesiásticas emprendidas en la década de 1650 pretendían unificar los ritos de la Iglesia rusa conforme a los cánones griegos. Quienes defendían las antiguas tradiciones fueron duramente perseguidos. Pedro I intensificó especialmente esa represión: impuso elevados impuestos a los viejos creyentes, les prohibió ocupar cargos públicos e incluso los obligó a vestir de una forma determinada. Difundir sus creencias podía significar la condena a trabajos forzados o incluso la muerte.

Los perseguidos estaban convencidos de que Pedro era el Anticristo. Vestía ropas occidentales consideradas “demoníacas”, llevaba “pies de vaca” (zapatos alemanes) y “rizos de perro” (una peluca). La obligación de afeitarse la barba era vista como "el sello del Anticristo". Esta opinión no era exclusiva de los viejos creyentes. El pintor de iconos Iván Andréiev, de Nizhni Nóvgorod, lamentaba: “El zar come carne durante los ayunos, casa a los cristianos y ha vestido a la gente como demonios, con ropas alemanas y capas judías”.

Durante el reinado de Pedro también se popularizó el consumo de tabaco, considerado en la antigua Rusia poco menos que un pecado mortal. El pueblo creía que, si el zar fumaba aquella "maldita hierba del diablo", era porque estaba poseído por fuerzas malignas.

Otra prueba de su supuesta naturaleza “anticristiana” fue la abolición del Patriarcado y la creación, en 1721, del Santo Sínodo Gobernante. De este modo, el zar pasó a ser no solo jefe del Estado, sino también de la Iglesia, lo que llevó a un autor anónimo de la época a describirlo como un "maldito monstruo de dos cabezas".