¿Qué hacía un ‘remontér’ en la Rusia zarista?
Además de Telegram, Puerta a Rusia difunde contenidos en su página de VKontakte. ¡Únete a nosotros!
Un “remontér” no era pintor, ni carpintero, ni albañil. En la Rusia zarista, así se llamaba al oficial encargado de comprar caballos para reponer las unidades de las unidades de caballería. La palabra proviene del francés “remonte”, que en el ámbito militar significaba sustituir caballos envejecidos o muertos por otros nuevos.
La compra tenía matices importantes: los caballos debían cumplir con los requisitos específicos de cada regimiento. Era una cuestión de importancia estatal, con normas estrictas. Los animales debían ajustarse en color, altura, conformación y función: de monta pesada, ligera, artillería, etc.
Cada regimiento de caballería tenía caballos de un color determinado, algo regulado incluso en los detalles de las marcas. Por ejemplo, el primer escuadrón montaba caballos negros con “estrella”, el segundo negros con patas blancas.
Los caballos más altos se destinaban a la guardia. Para el ejército se elegían algo más bajos, pero siempre dentro de unos mínimos de altura. Los caballos de los oficiales eran más elegantes que los de la tropa. En cualquier caso, no se aceptaban animales con defectos físicos: orejas caídas, papada prominente o cuello demasiado fino.
Los “remonteres” eran designados directamente por el regimiento por orden del comandante. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, con la creación de la Dirección de Remonta del Ejército, el proceso se volvió más burocrático. Aun así, dado que se trataba de comprar miles de caballos al año, el cargo se confiaba a oficiales nobles de probada honradez.
Además de entender de caballos, el remontér debía conocer el mercado y tener habilidades comerciales. Para adquirir los mejores ejemplares al mejor precio, tenía que saber negociar con criadores y comerciantes. Y tras la compra, organizar el transporte de los animales hasta su unidad. Hoy lo llamaríamos experiencia logística.
La misión “de remonta” no solo era responsable, sino también deseada. Por un lado, permitía alejarse del regimiento, especialmente en tiempos de guerra, y pasar un tiempo en la retaguardia. Por otro, ofrecía la posibilidad de ingresos adicionales legales.
El remontér recibía fondos del Estado para comprar caballos. En ferias y criaderos, gracias a su capacidad de negociación, podía obtener descuentos. En los documentos a menudo se indicaba un precio superior al real. Sin embargo, la diferencia no iba al bolsillo del remontér, sino al comandante del regimiento.
Este, a su vez, utilizaba ese dinero para las necesidades del regimiento (reservándose una parte). Los mejores caballos podían revenderse a los oficiales del propio regimiento, que siempre necesitaban monturas de reserva. El beneficio del remontér consistía en poder adquirir para sí uno o dos excelentes caballos a un precio reducido.