¿Quién era un ‘hombre del oso’ en la Rusia zarista?

Puerta a Rusia / Sputnik
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El mito de que los osos vagan por las calles de Rusia tiene, en realidad, una base histórica. Sin embargo, no eran salvajes, sino adiestrados.

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El arte de adiestrar osos en Rusia es muy antiguo. No hay información fiable sobre quién comenzó esta práctica, pero se sabe que la tradición se extendió con la aparición de los “skomoroji”, artistas ambulantes para quienes el oso era el principal “compañero” y fuente de ingresos. Documentos de archivo de los siglos XVI y XVII atestiguan la popularidad en todo el país de los “espectáculos con osos”.

Con el tiempo surgió una profesión especial: el guía de osos o “adiestrador”. Los campesinos viajaban con sus “mascotas” por ciudades y pueblos, y su aparición en la tranquila vida rural siempre era un acontecimiento. No se trataba solo de un número de circo, sino de un auténtico teatro callejero con personajes reconocibles y cómicos.

Mijaíl Uspenski / Sputnik
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Normalmente, una troupe itinerante constaba de cuatro miembros: el guía, dos ayudantes y el oso.

El encargado del oso no era solo un adiestrador, sino también guionista, director y principal comediante. Sujetaba al animal con una cadena unida a un aro que atravesaba su labio o nariz, controlándolo mientras comentaba cada uno de sus movimientos con bromas ingeniosas, dichos y diálogos dirigidos al público.

El oso interpretaba una compleja pantomima. Entre sus números estaban: cómo camina un noble; cómo reza un sacerdote; cómo se tambalea un campesino borracho; cómo los niños roban guisantes (el oso recoge y esconde guisantes imaginarios con cuidado); cómo una suegra trata a su yerno (inclinándose y ofreciéndole algo); cómo un joven corteja a una joven, y así sucesivamente.

ilbusca / Getty Images
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El primer ayudante del guía (a menudo un adolescente) interpretaba el papel de la cabra: llevaba un saco con una cabeza y cuernos de cabra. Su función era ruidosa y cómica: saltaba alrededor del oso, lo provocaba, golpeaba cucharas o sonajeros y hacía de payaso, imitando los topetazos de una cabra. El cuarto miembro de la troupe solía ser un músico que tocaba el violín o el tambor.

Tras la actuación, el oso recorría al público con su gorra para recoger el pago. Este no siempre era dinero: a menudo los campesinos pagaban con pasteles, huevos y otros alimentos, suficientes para alimentar a la pequeña compañía.

clu / Getty Images
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Por desgracia, las “habilidades” del oso solían basarse en un adiestramiento cruel. Para evitar que el depredador representara una amenaza mortal para los humanos, a los oseznos se les extraían o limaban los colmillos y las garras. Se les colocaba un aro en el labio o la nariz, del que se tiraba con una cadena, provocando dolor y obligando al animal a someterse. A los osos más rebeldes incluso podían arrancarles los ojos o cortarles los tendones para impedir que se movieran con rapidez y atacaran.

La Iglesia ortodoxa siempre se opuso a los “juegos con osos”, calificándolos de “demoníacos”. En 1648, el zar Alexéi Mijáilovich, conocido por su piedad, emitió un decreto que prohibía oficialmente la bufonería y la conducción de osos. Sin embargo, esta tradición centenaria nunca desapareció por completo.

clu/Getty Images
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El golpe final a esta actividad llegó en el siglo XIX. En 1867, por iniciativa de la recién creada Sociedad para la Protección de los Animales, el emperador Alejandro II firmó un decreto “Sobre la prohibición del comercio de osos para el entretenimiento del público”. La razón fue precisamente la inhumana crueldad con la que se trataba a los animales.

Pero el decreto resultó trágico tanto para las personas como para los animales. Para muchas familias campesinas, esta actividad era su única fuente de ingresos. Y liberar a osos mutilados, incapaces de cazar, en la naturaleza estaba prohibido. Según algunas estimaciones, solo en Rusia central fueron sacrificados varios miles de animales. Sin embargo, a pesar de la prohibición, algunos vestigios de esta práctica persistieron hasta la década de 1930.