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Cómo Sofía Gubaidúlina se convirtió en la compositora más importante del siglo XX

Legion Media
Fue una de las grandes figuras de la vanguardia musical, escribió más de cien obras sinfónicas y compuso bandas sonoras para decenas de películas.

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“Le deseo que siga por su camino 'equivocado'”, le dijo en cierta ocasión el compositor Dmitri Shostakóvich a Sofía Gubaidúlina, por entonces estudiante del Conservatorio de Moscú.

Aquellas palabras se convirtieron en el lema de toda su vida creativa. La joven siempre hizo las cosas a su manera, guiándose únicamente por sus principios estéticos personales y su intuición. A veces, incluso en contra de las convenciones de la música académica y del sistema soviético.

El camino equivocado

Gubaidúlina nació en 1931 en la pequeña ciudad de Chístopol. Su padre era ingeniero geodesta y su madre, profesora. Su familia no tenía ninguna relación con el mundo artístico.

Como recordaría la propia compositora, en ocasiones, desesperada por la monotonía y la grisura que la rodeaban, levantaba la mirada hacia el cielo y encontraba inspiración en él y en el silencio.

En la escuela infantil de música descubrieron que la niña tenía un talento extraordinario. La familia se trasladó a Kazán y Gubaidúlina ingresó en el Conservatorio de la ciudad para estudiar piano.

Más adelante continuó su formación como compositora en el Conservatorio de Moscú, donde sus excelentes resultados académicos le valieron una beca Stalin.

Adelantada a su tiempo

Marcello Mencarini/Getty Images

“Mi objetivo siempre ha sido escuchar el sonido del mundo, el sonido de mi propia alma, y estudiar su confrontación, su contraste o, por el contrario, sus semejanzas”, afirmaba la compositora.

Sin embargo, en la Unión Soviética de los años sesenta, tras el “telón de acero”, la música occidental contemporánea estaba prácticamente prohibida.

A pesar de ello, Gubaidúlina y sus amigos conseguían hacerse con partituras e incluso grabaciones de compositores contemporáneos estadounidenses y europeos, entre ellos el vanguardista estadounidense John Cage.

En su búsqueda del sonido deseado, la compositora no temía experimentar.

Fue una de las primeras personas de la URSS en escribir música electrónica y comenzó a trabajar en el Estudio Experimental de Música Electrónica de Moscú prácticamente desde su inauguración.

Una de sus obras más innovadoras de aquella época fue la pieza electrónica Vivente — non vivente (Vivo — no vivo, 1970).

Sin embargo, en una Unión Soviética dominada por los principios del realismo, la música de Gubaidúlina resultaba extraña. Como consecuencia, sus obras fueron prohibidas una tras otra.

Para ganarse la vida, comenzó a componer música para películas y producciones de animación. Sus composiciones pueden escucharse, por ejemplo, en la serie de dibujos animados Mowgli (1967), donde consiguió recrear tanto los sonidos de la selva como el chirrido de las garras de un tigre.

Vanguardia, bayán y matemáticas en la música

Gubaidúlina se convirtió en una de las principales figuras de la vanguardia musical.

Combinaba los instrumentos más insólitos dentro de una misma composición. Por ejemplo, fue pionera en reunir el clavecín y la percusión.

La interpretación de sus obras recordaba a menudo a una representación teatral, en la que los músicos producían sonidos aparentemente caóticos con instrumentos poco habituales en la música académica, como el tamtam javanés, el gong o los cascabeles indios.

En su búsqueda de nuevos efectos acústicos, la compositora se interesó por el bayán, un tipo de acordeón cromático ruso al que llamaba “ese monstruo que respira”.

Gubaidúlina amplió las posibilidades acústicas del instrumento y consiguió que sonara de una manera completamente nueva.

Escribió varias obras importantes para bayán, entre ellas De profundis (Desde las profundidades, 1978).

Gracias a su estrecha colaboración con el acordeonista Friedrich Lips, ambos consiguieron elevar este instrumento tradicional a la categoría de instrumento académico y sinfónico, llevándolo a escenarios de todo el mundo.

En sus reflexiones sobre la música, Gubaidúlina también comenzó a utilizar las matemáticas para organizar la estructura de sus composiciones.

Por ejemplo, empleó la sucesión de Fibonacci, en la que cada número es la suma de los dos anteriores, para establecer las proporciones entre las duraciones de las distintas partes de una obra.

En la composición In Croce (En la cruz, 1979), utilizó el símbolo de la cruz como estructura arquitectónica de la partitura.

Esta obra, interpretada por primera vez en Viena en 1981, le proporcionó fama internacional. El propio Alfred Schnittke la calificó como una de las obras más importantes del siglo XX.

La marcha de su país y la fama mundial

Mientras sus composiciones vanguardistas despertaban admiración en todo el mundo, en su país volvió a caer en las listas negras durante la década de 1980, entre otras razones por la interpretación no autorizada de sus obras en Occidente.

En 1991, Gubaidúlina obtuvo una beca y se trasladó a Alemania, donde acabaría instalándose en una pequeña localidad rural.

Realizó giras por todo el mundo, incluida Rusia.

“Nunca me he considerado una exiliada. Regreso con frecuencia”, afirmaba.

Durante la década de 2000 recibió varios homenajes en Kazán, la ciudad donde había estudiado.

Sus obras sinfónicas siguen siendo interpretadas por orquestas de todo el mundo. Fue nominada a los premios Grammy y recibió numerosos reconocimientos internacionales en países como Rusia, Estados Unidos, Suecia y Alemania.

Alexéi Kurbátov / Sputnik

Durante todos aquellos años, su fiel compañero fue su segundo marido, Piotr Meshchanínov, pianista y director de orquesta. Él interpretaba la música de su esposa y contribuía a darla a conocer.

Juntos pasaron sus últimos años en la localidad alemana de Appen, donde Gubaidúlina continuó componiendo en un piano de cola que le había regalado Mstislav Rostropóvich.

En su tiempo libre, salía al campo para contemplar las estrellas y encontrar inspiración en su querido silencio.

Sofía Gubaidúlina falleció el 13 de marzo de 2025.