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¿Qué está pasando en este cuadro de Nikolái Sauerweid?

Museo Ruso
Con el rostro desencajado por la ira y una espada en la mano, Pedro I irrumpe entre una multitud de soldados rusos que saquean la ciudad enemiga recién conquistada y masacran sin piedad a sus habitantes. Algunos caen bajo los cascos de su caballo, pero el zar no les presta atención. Los aterrorizados habitantes de la ciudad contemplan esperanzados a quien viene a salvarlos, mientras los oficiales que acompañan a Pedro intentan tranquilizarlos por todos los medios.

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Esta es la escena representada por Nikolái Sauerweid en su cuadro Pedro I apacigua a sus enfurecidos soldados durante la toma de Narva en 1704. Este pintor de batallas ruso, perteneciente a una familia de artistas y académico de la Academia Imperial de las Artes, realizó la obra en 1859.

Durante la Gran Guerra del Norte contra Suecia, Narva se convirtió para los rusos en símbolo tanto de tragedia como de triunfo. En 1700 sufrieron allí una terrible derrota que estuvo a punto de conducirlos al desastre en toda la contienda. Cuatro años después, las tropas de Pedro I volvieron a encontrarse ante las murallas de la ciudad.

El asedio comenzó el 8 de julio de 1704. Las tropas del zar bloquearon la fortaleza, rechazaron a una fuerza enemiga que acudía en su auxilio y comenzaron a destruir sistemáticamente sus fortificaciones mediante fuego de artillería. A pesar de la difícil situación, el general Rudolf Horn, comandante de la guarnición, rechazó todas las propuestas de capitulación y recordó arrogantemente a Pedro lo ocurrido cuatro años antes.

El 20 de agosto, las tropas rusas lanzaron el asalto. Con un ataque fulminante expulsaron de las murallas a las fuerzas de la guarnición, derribaron las puertas y penetraron en la fortaleza. Solo entonces Horn dio la señal de rendición, pero nadie pudo percibirla en medio del fragor de la batalla. Presos de la ira y la furia, los soldados rusos mataron a cuantos encontraron a su paso, sin perdonar siquiera a la población civil. Pedro tuvo que intervenir urgentemente para detener el derramamiento de sangre.

Según la leyenda, el zar mostró su espada ensangrentada al comandante sueco, que había caído prisionero, y le gritó enfurecido:

“¡Mira, esta sangre no es sueca, sino rusa! ¡He atravesado con mi espada a los míos para contener la furia a la que has llevado a mis soldados con tu obstinación!”.

Por este cuadro, Sauerweid recibió una medalla de oro de segunda categoría. Los críticos quedaron especialmente impresionados por la figura de una niña pequeña vestida únicamente con una camisa, situada en la parte izquierda de la composición:

“Su postura es completamente natural y sencilla; no se ve su rostro, pero toda su figura expresa la más absoluta desesperación y, al mismo tiempo, de una manera tan infantil que despierta compasión como si se tratara de un ser vivo”.