¿Por qué la diminuta Tarusa fascinó a los artistas rusos?
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“En ningún lugar de los alrededores de Moscú había paisajes tan genuinamente y conmovedoramente rusos”, reconocía el escritor Konstantín Paustovski, que vivió muchos años en Tarusa. “A solo 130 kilómetros de la capital, se despliegan ante el visitante los idílicos paisajes del Oká. La ciudad parece formada por colinas, terrazas y empinados senderos que descienden hasta el río. La imagen típica la completan cuidadas casas de madera, gallos que cruzan la calle con toda tranquilidad y un par de gatos jugando en mitad del camino: aquí el tiempo parece haberse detenido”.
A finales del siglo XIX, este rincón paradisíaco conquistó a numerosos artistas. Por aquí pasaron Víktor Borísov-Musátov, Vasili Vataguin y Vasili Polénov. También el fundador del Museo de Bellas Artes, Iván Tsvetáiev, pasaba aquí los meses de verano junto a su familia.
El hogar de una familia de artistas
Muchas familias llevan viviendo en Tarusa varias generaciones. El pintor animalista Vasili Vataguin visitó la ciudad por primera vez en 1902. Le gustó tanto el entorno que decidió establecerse allí.
En 1914 diseñó una casa-taller con una enorme terraza en el segundo piso, desde la que se disfrutaba de unas magníficas vistas de la ciudad, del Oká y de la finca de Polénovo, situada en la orilla opuesta del río. Vataguin no llegó a presenciar la construcción de la casa, ya que partió hacia la India, aunque fue él mismo quien se encargó de su decoración. Decoró las estufas, creó paneles ornamentales inspirados en la épica india y talló figuras de animales. Vivió allí durante 55 años.
Hoy en día, gran parte de la vivienda permanece prácticamente igual. Más que un museo, parece un gran estudio artístico cuyos objetos cuentan la historia de la familia Vataguin. Allí siguen la mesa diseñada por el propio artista, con los pinceles cuidadosamente colocados, el retrato de la pintora itinerante Antonina Rzhévskaya, suegra del artista, que pasaba todos los veranos en Tarusa, la fotografía de su hija Irina, pintora y restauradora de iconos, así como las pinturas y esculturas de su nieto Nikolái, actual propietario de la casa. Hace cinco años se trasladó definitivamente desde Moscú: en invierno pinta cuadros y en verano trabaja en sus esculturas.
La ciudad de los desterrados
En las décadas de 1950 y 1960, Tarusa se convirtió en refugio de artistas inconformistas y disidentes, que buscaban pasar desapercibidos para las autoridades soviéticas o que, tras cumplir condena por delitos políticos, tenían prohibido residir cerca de Moscú o en grandes ciudades. Siguiendo el consejo de Anna Ajmátova, Iósif Brodski se trasladó temporalmente a Tarusa para evitar ser arrestado por el delito de “parasitismo”.
En 1961, esta pequeña ciudad fue escenario de un gran escándalo. Durante el verano se inauguró en la Casa de Cultura local una exposición de artistas no conformistas. Apenas permaneció abierta una semana: tras ser calificada de “decadente”, las autoridades ordenaron su clausura. Entre los participantes figuraba Eduard Shteinberg, cuya vida estuvo estrechamente vinculada a Tarusa. Pintor autodidacta, mostró siempre un profundo interés por la herencia de la vanguardia rusa y, a comienzos de los años sesenta, se orientó hacia la pintura abstracta. En 2016, su viuda donó al Estado el taller del artista en Tarusa.
Puede obtenerse más información sobre los artistas que vivieron en Tarusa a través de las Expediciones de Tarusa, un proyecto de visitas guiadas organizado por el centro museístico Máslovka. La ciudad de los artistas.