Cuando un príncipe ruso perdió a su esposa en una partida de cartas

Kira Lisitskaya (Foto: Dominio público; Fine Art Images/Heritage Images/Getty Images; Open AI)
Kira Lisitskaya (Foto: Dominio público; Fine Art Images/Heritage Images/Getty Images; Open AI)
Al principio a ella le sentó fatal… pero luego se casó con su amante.

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A mediados del siglo XVIII, la familia de los príncipes Golitsin era, como se diría hoy, parte de la lista Forbes. Sus dominios familiares se encontraban en el oeste y el sureste de la región de Moscú, y poseían casi un centenar de aldeas.

El historiador Mijaíl Piliáev describía a uno de sus representantes, Alexánder Golitsin (1769–1817), de esta manera: “Este Golitsin tenía 24.000 siervos y una enorme fortuna que dilapidó: parte la perdió en las cartas, parte la gastó en extravagancias inauditas. Cada día daba champán a sus cocheros, encendía las pipas de los invitados con grandes billetes, arrojaba puñados de oro a los cocheros en la calle para que se agolparan ante su casa, y así sucesivamente”.

Su esposa fue la joven y hermosa María Viázemskaia (1772–1865), apodada “Juno” por su belleza. Se casaron en 1789, pero la vida en común no funcionó. Según la opinión general, el príncipe era un déspota en el ámbito familiar. Aunque le gustaba vestir a su esposa a la última moda y llevarla a todos los bailes, presumiendo de su belleza.

En uno de esos bailes, el conde Lev Razumovski se enamoró de ella. Era un hombre brillante y culto, aficionado a la ciencia, la lectura y el arte. En su casa organizó uno de los primeros jardines de invierno. El sentimiento pronto fue correspondido, y el conde empezó a buscar la manera de liberar a María de su difícil matrimonio.

Al principio Razumovski pensó en retar a Golitsin a duelo, pero luego ideó otro plan. Durante una noche de juego, el conde propuso al príncipe, ya arruinado y obsesionado con las cartas, apostar… a su esposa. El apasionado jugador aceptó. Y perdió.

Lev Razumovski se llevó a María, y ni siquiera aceptó el dinero que había ganado. A pesar de la alegría por su liberación, ella se sintió profundamente ofendida por haber sido jugada en una partida de naipes, como si fuera una vulgar sierva. El escándalo se comentó en todas las casas de Moscú y San Petersburgo. Sin embargo, precisamente esa publicidad permitió que la Iglesia autorizara el divorcio. Poco después, la sociedad recibió a la nueva condesa María Razumóvskaia.

Por cierto, fue ella quien encargó al pintor Karl Briulov el famoso cuadro ‘El último día de Pompeya’.