Así aterrorizaron a los nazis los partisanos soviéticos (Fotos)
Además de Telegram, Puerta a Rusia difunde contenidos en su página de VKontakte. ¡Únete a nosotros!
“¡Sangre por sangre y muerte por muerte! ¡Juro ayudar por todos los medios al Ejército Rojo a destruir a los rabiosos perros hitlerianos, sin escatimar mi sangre ni mi vida!” así era el juramento de los partisanos soviéticos.
Más de seis mil destacamentos partisanos soviéticos operaron en la retaguardia alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Incluso antes del desembarco aliado en Normandía, los nazis a menudo llamaban a la lucha contra ellos “el segundo frente”.
Los primeros aparecieron en otoño de 1941. A ellos se unieron soldados del Ejército Rojo que habían quedado rodeados, habitantes locales y unidades especiales de reconocimiento y sabotaje enviadas desde la “gran tierra”.
“Combatir como partisano era difícil. Creo que solo una cosa ayudaba a sobrevivir: la obstinación. No solo disparábamos contra los alemanes, capturábamos sus convoyes de suministros o volábamos vías férreas. Cada día teníamos que recorrer decenas de kilómetros por pantanos y bosques de difícil acceso. Descansábamos junto a hogueras en las aldeas, pero solo cuando había tiempo y oportunidad, lo que ocurría muy pocas veces”, recordaría el partisano Meinhard Kriunberg.
De vez en cuando, grandes formaciones partisanas realizaban largas incursiones en la retaguardia enemiga, destruyendo comunicaciones, equipos y tropas. En 1943, Stalin quedó tan impresionado por la “Incursión de la Estepa” del capitán Mijaíl Naúmov en Ucrania que ordenó concederle inmediatamente el rango de general mayor.
El Cuartel General Central del Movimiento Partisano dependía del Alto Mando Supremo, y sus grandes operaciones solían coordinarse con el Ejército Rojo. Durante la batalla de Kursk, por ejemplo, lanzaron en la retaguardia alemana la operación “Guerra de los raíles”, destinada a destruir las líneas ferroviarias, lo que obligó a los alemanes a desviar grandes fuerzas para protegerlas.
En ocasiones, los partisanos lograban liberar amplios territorios y crear los llamados “territorios partisanos”, con cientos de asentamientos donde se restauraba el poder soviético.
“En su territorio ya no había personas ajenas a la lucha contra el enemigo. Unos formaban parte de los destacamentos, otros ayudaban a los partisanos… Aquí vivían decenas de miles de personas; huían los habitantes de las ciudades de los hitlerianos; por la zona se replegaban los partisanos tras combates y sabotajes”, recordaría el partisano Jakob Ménshikov.
Los alemanes castigaban brutalmente a la población por ayudar a los partisanos. Por la muerte de varios soldados, podían quemar una aldea entera. Se llevaban a cabo periódicamente grandes operaciones antipartisanas en las que participaban no solo unidades policiales y colaboradores, sino también el ejército.
Tras la llegada del Ejército Rojo, los partisanos de los territorios liberados se integraban en sus filas. “La vida en el ejército está estrictamente reglamentada. En los partisanos era mucho más sencillo: participabas directamente en el combate. Lo único es que, si te daban una orden, debías cumplirla a cualquier precio. Y todos lo sabían”, contaba Kriunberg.
Los partisanos soviéticos combatieron no solo en la URSS, sino también en el extranjero. Miles de prisioneros de guerra en Francia, Bélgica e Italia escaparon de los campos y se unieron a la Resistencia. Gracias a su preparación y experiencia, a menudo se convirtieron en una de las pocas fuerzas capaces de enfrentarse a los nazis.