Así terminó aplastando a Alemania y Japón el Ejército Rojo en 1945
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El Ejército Rojo comenzó el último año de la guerra librando durísimos combates callejeros en Budapest y preparándose para la liberación de Varsovia y la ofensiva en Prusia Oriental, donde se encontraba Königsberg, una de las ciudades más importantes del Tercer Reich.
Aunque muy debilitado por las derrotas de 1944, el enemigo todavía conservaba una capacidad de combate considerable. Pese a haber perdido enormes territorios, regiones industriales clave y casi todos sus aliados (excepto Hungría), los alemanes estaban dispuestos a luchar hasta el final.
Tropas soviéticas en Prusia Oriental.
El 12 de enero comenzó la gran ofensiva soviética a través de Polonia. El Ejército Rojo ya había llegado a las afueras de Varsovia en el verano de 1944, pero luego realizó una larga pausa operativa. El 17 de enero de 1945, con apoyo de unidades polacas aliadas con la URSS, la ciudad fue liberada.
A medida que avanzaba la ofensiva del Vístula al Oder, las tropas soviéticas recorrieron hasta 500 kilómetros hacia el oeste, destruyeron 35 divisiones alemanas y alcanzaron las afueras de Berlín a comienzos de febrero.
“La aparición de tropas soviéticas a solo 70 kilómetros de Berlín sorprendió totalmente a los alemanes”, recordaba el mariscal Gueorgui Zhúkov.
Soldados soviéticos luchando en las afueras de Varsovia.
La batalla por Prusia Oriental resultó extremadamente costosa para el Ejército Rojo. Los alemanes habían convertido aquella región en una auténtica fortaleza. Finalmente, las fuerzas enemigas fueron fragmentadas y empujadas hacia el mar Báltico. Königsberg cayó el 9 de abril. Más de 90.000 soldados alemanes fueron hechos prisioneros. El comandante de la ciudad, Otto Lasch, declaró durante su interrogatorio: “Era imposible imaginar que una fortaleza como Königsberg pudiera caer tan rápidamente”.
El Ejército Rojo entrando en Königsberg.
Para asegurarse el avance soviético hacia Berlín, primero fue necesario destruir las agrupaciones alemanas en Pomerania Oriental y terminar la batalla de Budapest.
“El combate era terrible”, recordaba el tanquista Nikolái Vershinin sobre los enfrentamientos en Budapest. “Las calles parecían una batalla interminable… Los húngaros luchaban incluso con más obstinación que los alemanes”.
Una tripulación de cañón soviética manteniendo el fuego en las calles de Danzig.
El 6 de marzo, Alemania lanzó su última gran ofensiva de toda la guerra: la Operación Despertar de Primavera, cerca del lago Balatón. Más de 200 tanques alemanes atacaron simultáneamente posiciones soviéticas. “Nuestro regimiento sufrió pérdidas enormes en Balatón”, recordó el teniente Eduard Mélikov. “Nunca habíamos sufrido tantas bajas en toda la guerra”. Sin embargo, la ofensiva fracasó rápidamente. Las fuerzas alemanas apenas avanzaron unos 30 kilómetros antes de quedar agotadas.
Equipo alemán abandonado cerca del lago Balatón.
Tras detener el ataque alemán, el Ejército Rojo inició una rápida ofensiva hacia Viena. Los combates por la capital austríaca comenzaron el 6 de abril y duraron aproximadamente una semana. “Casa por casa, calle por calle, empujábamos a los alemanes hacia el Danubio”, recordaba el general Iván Moshliak. Después de tomar Viena, las tropas soviéticas avanzaron hasta el río Enns, donde se encontraron con los estadounidenses el 8 de mayo.
Soldados del 4.º Ejército de la Guardia subiendo por la escalera de un barco bajo la cobertura de una cortina de humo durante una batalla por el Canal del Danubio.
Más de dos millones de soldados soviéticos participaron en la ofensiva final contra Berlín. Tras romper varias líneas defensivas, el Ejército Rojo rodeó completamente la capital alemana el 25 de abril. Los combates callejeros fueron extremadamente violentos. La batalla por el Reichstag comenzó el 30 de abril, el mismo día del suicidio de Hitler. “Las SS defendían el Reichstag hasta la muerte”, recordaba el soldado Yákov Fadéiev. “Se luchaba por cada ladrillo”. La bandera roja fue izada sobre el Reichstag el 1 de mayo.
Tropas soviéticas cerca del Reichstag.
La caída de Berlín no significó el final inmediato de la guerra. Grandes fuerzas alemanas seguían combatiendo en Checoslovaquia. El 6 de mayo, las tropas soviéticas avanzaron hacia Praga, donde había comenzado una insurrección popular contra los nazis. “El recibimiento de los checos fue increíble”, recordaba el tanquista Vasili Moskalenko. “Nos daban agua, flores y nos abrazaban llorando”. Praga fue liberada el 9 de mayo.
Los ciudadanos de Praga dan la bienvenida a los soldados del cuerpo checoslovaco que, junto con el Ejército Rojo, liberaron el país de la ocupación nazi.
Incluso después de la capitulación alemana, algunas tropas nazis continuaron resistiendo.
En la llamada “Bolsa de Curlandia”, unos 200.000 soldados alemanes permanecieron atrapados en Letonia hasta el 9 de mayo de 1945.
“Nos dimos cuenta de que la guerra había terminado gracias a los propios alemanes”, recordaba el infante de marina Pável Klímov. “Disparaban al aire y celebraban el final”.
Equipo militar alemán incautado por las fuerzas soviéticas tras la derrota del Grupo de Ejércitos Curlandia de la Wehrmacht.
Según los acuerdos de Yalta, la URSS debía entrar en guerra contra Japón pocos meses después de derrotar a Alemania. El 9 de agosto de 1945, el Ejército Rojo lanzó una ofensiva devastadora contra el Ejército japonés de Kwantung en Manchuria. Atravesando estepas, desiertos y montañas, las tropas soviéticas avanzaron cientos de kilómetros en apenas unos días, rodeando y destruyendo las fuerzas japonesas. “Para el 19 de agosto ya estaba claro quién había ganado”, recordaría el marinero Valentín Richkov. “Pero algunos mandos japoneses seguían luchando fanáticamente”. Finalmente, Japón capituló oficialmente el 2 de septiembre de 1945 a bordo del acorazado estadounidense USS Missouri, poniendo fin a la guerra más terrible de la historia de la humanidad. Final del formulario
Las tropas japonesas se rinden.