¿Por qué el cautiverio alemán se convirtió en un verdadero infierno para los soldados soviéticos?
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Los nazis justificaban su trato inhumano alegando que la URSS no había firmado la Convención de Ginebra de 1929 sobre prisioneros de guerra. En realidad, el Tercer Reich estaba obligado a respetarla, incluso si la otra parte no la había suscrito.
El pico de mortalidad se produjo en los primeros ocho o nueve meses de la guerra. Los alemanes, que buscaban “espacio vital”, no tenían piedad: mataban por cualquier infracción o incluso sin motivo. Solo cuando quedó claro que la guerra se prolongaría, empezaron a conservar a los prisioneros como mano de obra.
En los campos, los prisioneros vivían hacinados en barracones sin calefacción, en condiciones de extrema insalubridad. A veces ni siquiera había barracones: los campos eran simples recintos cercados con alambre de espino al aire libre.
Los hospitales no eran mejores: carecían de equipamiento, camas y colchones, y los enfermos yacían en el suelo. En 1942, cerca de Pskov, los alemanes llegaron a quemar un barracón con enfermos de tifus en su interior.
Las condiciones de transporte eran igualmente terribles. Los prisioneros podían ser obligados a marchar cientos de kilómetros a pie durante semanas. Los enfermos y rezagados eran ejecutados. En los trenes, eran hacinados en vagones sin literas, agua ni baños. En ocasiones, los convoyes llegaban a su destino sin ningún superviviente.
La alimentación era mínima. A veces recibían una ración diaria de sopa hecha con cáscaras de patata y un trozo de pan. Muchos acababan comiendo hierba, cazando ratones, ranas o gatos.
El prisionero Konstantín Chujlantsev recordaría: “La comida era terrible: un trozo de pan con serrín y tres veces al día una infusión de hierbas como té. Masticábamos ese pan durante horas, humedeciéndolo con saliva, porque era imposible tragarlo”.
Además, a la población local se le prohibía estrictamente ayudar a los prisioneros. Una testigo relató cómo un guardia alemán mató a un prisionero por aceptar una simple zanahoria de una campesina.
Quienes aún podían moverse eran utilizados en trabajos forzados. Miles murieron construyendo una carretera en el norte de Noruega, conocida como la “Carretera de la Sangre”.
El prisionero Pável Garin, que trabajó en una mina, dejó este testimonio: “Trabajábamos 14 horas al día y rara vez sobrevivíamos más de mes y medio. Nos alimentaban con una sopa agria espesa que ni un hambriento podía tragar. Cada mañana y cada noche recogían los cadáveres y los enterraban en fosas comunes”.
Todo ello convirtió el cautiverio alemán en una experiencia extremadamente brutal y mortal para millones de soldados soviéticos.