Así aparecieron los teatros de marionetas en Rusia
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Durante unas excavaciones arqueológicas en un estrato cultural del siglo XV, en la Plaza Roja de Moscú, los científicos descubrieron unas figurillas de cerámica que se colocaban en los dedos mediante unas cavidades circulares. Los títeres de guante, que alcanzaron una gran popularidad en Rusia durante el siglo XVIII y principios del XIX, tenían una estructura similar: tres cavidades permitían controlar los brazos y la cabeza del personaje.
“El primer testimonio documental de la existencia de un teatro popular de títeres en Rusia fue una descripción ilustrada realizada por el erudito, diplomático y viajero alemán Adam Olearius”, explica Gordi Saltikov, conservador jefe del Museo del Teatro de Marionetas Obraztsov.
“Olearius describió detalladamente las representaciones de títeres que presenció en Moscú durante la década de 1630 y representó en un grabado a un titiritero con muñecos de guante. Los investigadores no han podido determinar con certeza qué personajes actuaban exactamente en aquel pequeño escenario. Sin embargo, sugieren que Olearius retrató una sátira mordaz, propia del espíritu popular”.
Entre finales del siglo XVI y principios del XVII, en las regiones occidentales y suroccidentales de Rusia también se popularizó otro tipo de representación con títeres: el “vertep” (вертеп), un teatro navideño que recreaba el nacimiento de Cristo. La palabra “vertep” significa “cueva” en antiguo eslavo eclesiástico y hace referencia a la gruta de Belén donde nació Jesús. Posteriormente, esta tradición se extendió por el centro de Rusia, los Urales e incluso Siberia.
La influencia europea
A finales del siglo XVII, durante el reinado de Pedro el Grande, comenzaron a llegar a Moscú compañías europeas de titiriteros. En 1700 tuvo lugar la primera gira de estos artistas bajo el patrocinio del propio zar, con representaciones en ciudades del Volga y en Astracán.
En 1733, por invitación de la emperatriz Anna Ioánnovna, llegaron a Moscú y San Petersburgo unos comediantes italianos pertenecientes a una compañía de “commedia dell'arte” (comedia de máscaras), que contaba con cuatro teatros de marionetas. Al mismo tiempo, titiriteros procedentes de Alemania y Francia actuaban regularmente en las ciudades rusas.
En el siglo XIX, decenas de compañías europeas de titiriteros ofrecían ya espectáculos en Rusia. Principalmente mediante marionetas de hilos, representaban historias muy populares en Europa, como las de Don Juan y Fausto.
Entre las clases acomodadas de San Petersburgo y Moscú estaban especialmente de moda los teatros mecánicos de marionetas, en los que pequeños personajes autómatas reproducían escenas de la vida cotidiana con gran elegancia gracias a mecanismos y efectos ópticos.
“¡Qué bien está hecho! ¡Qué iluminación y qué animación! Por la plaza circulan carruajes tallados, los oficiales galopan a caballo y los peatones caminan: unos corren, mientras otros avanzan tranquilamente, apenas moviendo las piernas. Por el paseo junto al río, caballeros y damas pasean, se encuentran, se quitan el sombrero, hacen reverencias y saludan con una inclinación. De pronto, una troika de correos llega al galope y se detiene en la estación: los conductores bajan, inspeccionan el carruaje, etc.”, escribió Stepán Zhijariov en su libro Apuntes de un contemporáneo.
Los maestros rusos no se quedaban atrás respecto a sus colegas europeos. También trabajaban con teatros mecánicos de marionetas, títeres de hilos y sombras chinescas. Sin embargo, estos espectáculos estaban destinados principalmente a los habitantes acomodados de las ciudades.
Los comerciantes, los pequeños burgueses y las clases populares de toda Rusia solo podían disfrutar de los títeres en las ferias, en las barracas de espectáculos o en los patios.
El protagonista de estas representaciones era Piotr Uksúsov, más conocido como “Petrushka”. Este títere de guante era el “primo” de personajes occidentales como Pulcinella, Polichinelle y Punch, así como de los orientales Pehlevan, Palvan-Kachal y Mobarek.
Petrushka, un personaje descarado, ingenioso y pendenciero, era un héroe de las clases populares: ayudaba al público a desahogarse, burlarse de quienes lo ofendían y reírse de las dificultades de la vida cotidiana.
Del teatro popular a los talleres artísticos
A principios del siglo XX, las formas tradicionales del teatro de títeres en Rusia comenzaron a perder popularidad.
El nuevo teatro de marionetas nació en los talleres de los artistas. Fueron escultores, pintores y artistas gráficos profesionales, con formación académica y conocimientos de la historia del arte occidental y oriental, quienes decidieron crear sus propios teatros de títeres. A ellos se unieron directores y actores entusiasmados con la idea.
Tras la Revolución bolchevique de 1917, el Comisariado del Pueblo para la Educación apoyó activamente la creación de un teatro profesional de marionetas en la Rusia soviética, pues veía en este arte un enorme potencial propagandístico.
Los primeros titiriteros soviéticos se inspiraron en el antiguo personaje de Petrushka y lo transformaron en un agitador rojo.
Sin embargo, muy pronto, la creciente comunidad de actores, directores y artistas del teatro de marionetas comprendió que aquel arte milenario requería un estudio mucho más profundo.
Por ello, en la Conferencia Panrusa de Titiriteros de 1930 se decidió crear en Moscú el Teatro Central de Marionetas, que debía convertirse en un “laboratorio del género de los títeres” para todos los titiriteros soviéticos.
El 16 de septiembre de 1931 se promulgó la orden de apertura del teatro y se nombró director artístico a Serguéi Obraztsov, un joven artista, actor y popular titiritero de variedades.
Al principio, el teatro no tenía edificio propio: recorría la ciudad con un carro y, posteriormente, con un vistoso carromato decorado que atraía la atención de los transeúntes.
Solo seis años después, el teatro se instaló en su primer edificio, situado en la calle Gorki (actual calle Tverskaya). En 1970 se trasladó a la calle Sadóvaya-Samotióchnaya, donde continúa funcionando en la actualidad.
Con el nuevo edificio, los titiriteros dispusieron de un complejo telón corredero y de paredes transformables en la sala.
Además, el reloj de la fachada ofrece cada día, al mediodía, su propio pequeño espectáculo: las doce casitas que rodean la esfera se abren y, al son de la melodía “En el bosquecillo o en el jardín”, distintos personajes de cuentos de hadas aparecen ante los transeúntes.
El artículo original fue publicado en ruso en el portal Culture.ru.