10 objetos para el hogar con los que soñaba cualquier ciudadano soviético
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En la época de la escasez generalizada en la URSS, el valor de un objeto no dependía tanto de su utilidad como del estatus que otorgaba a su propietario.
1. La vajilla ‘Madonna’
En la URSS se llamaba “Madonna” a las vajillas de porcelana importadas de la RDA. Eran un símbolo de prosperidad. Estaban decoradas con escenas inspiradas en cuadros de la pintora del siglo XVIII Angelica Kauffman, aunque los soviéticos acabaron bautizándolas simplemente como “Madonna”. Muchas incluían detalles dorados y acabados nacarados.
Estas vajillas rara vez se utilizaban. Se guardaban en vitrinas como reliquias familiares y eran un regalo muy apreciado para bodas y aniversarios. Muchas familias soviéticas soñaban con poseer una.
2. Cristal tallado
En los últimos años de la URSS, el cristal era uno de los símbolos más visibles del bienestar material. Copas, jarrones y bomboneras se exhibían en vitrinas y solo se utilizaban en ocasiones especiales.
El más apreciado era el cristal de Bohemia, procedente de Checoslovaquia, difícil de conseguir salvo mediante contactos o como regalo valioso. Sin embargo, también era muy estimado el cristal soviético, especialmente el fabricado por la célebre planta de Gus-Jrustalni.
3. Pared modular de salón
Este enorme conjunto de muebles fabricado en Yugoslavia, la RDA, Checoslovaquia o Rumanía era mucho más que un elemento decorativo: era una medida del prestigio de la familia.
No podía comprarse fácilmente en una tienda. Había que apuntarse a largas listas de espera, recurrir a contactos o pagar sumas exorbitantes. Tras sus puertas acristaladas se exhibían los mayores tesoros domésticos: cristal, vajillas de porcelana, libros y pequeños objetos importados.
4. Alfombra de lana
Como muchos otros artículos escasos de la época, la alfombra colgada en la pared no servía solo para aislar del frío o del ruido. Era, sobre todo, un símbolo de prosperidad familiar.
Ante la falta de muebles de calidad y buenos acabados, una gran alfombra cubría la pared vacía, daba personalidad a la habitación y reflejaba el estatus de sus propietarios.
5. Una lámpara de araña de cristal
Especialmente si era checa o húngara, representaba el sueño de cualquier ama de casa y una prueba visible de que la familia vivía con cierto nivel.
Eran caras y difíciles de conseguir. Se obtenían gracias a contactos, costaban el equivalente a varios meses de salario o llegaban como regalos prestigiosos. Colgadas en el salón, inundaban la vivienda con reflejos multicolores. Más que iluminar, simbolizaban el bienestar.
6. Muebles tapizados
En tiempos de escasez, incluso un conjunto de sofás y sillones para el salón se convertía en un símbolo de éxito.
Conseguir muebles bonitos y de calidad requería años de espera, sobreprecios y una buena red de contactos. Tener un conjunto completo y uniforme demostraba que la familia podía permitirse lo mejor. Además, resultaban muy prácticos en los pequeños apartamentos soviéticos.
7. Cubertería de alpaca
La alpaca (una aleación de cobre, níquel y zinc) era una alternativa asequible y deseada a la plata.
Los cubiertos fabricados con este metal tenían una apariencia elegante y costaban mucho menos que los de plata auténtica. Se regalaban en bodas, se guardaban cuidadosamente en vitrinas y solo se sacaban para recibir invitados o durante grandes celebraciones.
Las piezas soviéticas marcadas con las siglas “МНЦ” (cobre, níquel y zinc) y decoradas con grabados mate eran especialmente apreciadas. Cuando se oscurecían, las amas de casa las pulían con dentífrico en polvo hasta devolverles el brillo.
8. Un equipo de música
Para muchos soviéticos, un equipo de música era una auténtica ventana al mundo occidental y motivo de envidia entre los vecinos.
Era difícil y costoso de conseguir. Los afortunados lo traían de viajes al extranjero o lo compraban a través de conocidos por sumas astronómicas. Los modelos importados eran un sueño inalcanzable para la mayoría, por lo que muchos aficionados se conformaban con alternativas soviéticas, más accesibles pero igualmente valiosas.
9. Un video
En los años ochenta, un reproductor de vídeo no era simplemente un electrodoméstico caro: era uno de los mayores símbolos de riqueza y una puerta al cine occidental.
El “vidak”, como se le llamaba coloquialmente, costaba una fortuna. Pero su verdadero valor residía en la posibilidad de ver en casa películas de acción de Hollywood y contenido erótico.
Los propietarios de uno de estos aparatos recibían visitas constantes. Quienes no podían permitírselo acudían en masa a los videoclubes clandestinos, donde pagaban por ver películas prohibidas o difíciles de conseguir.
10. Obras literarias completas de los clásicos
Conseguir colecciones completas de autores clásicos era una auténtica odisea. A pesar de que la URSS presumía de ser “el país que más leía del mundo”, los buenos libros escaseaban.
Mientras las librerías rebosaban de folletos ideológicos, las ediciones de lujo de autores como Dumas o las colecciones de la Biblioteca de Literatura Universal se agotaban inmediatamente.
Los más afortunados podían suscribirse a estas colecciones, aunque para ello había que hacer largas colas o recurrir a contactos dentro de las librerías. Otros optaban por entregar entre 10 y 20 kilos de papel usado para reciclaje a cambio de vales que les permitían adquirir el siguiente volumen de una colección muy codiciada, que después ocupaba un lugar de honor en la vitrina del salón.