La hija de Sergio Olhovich: 'En mí conviven dos raíces: la rusa y la mexicana'
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Con la actriz y pedagoga mexicana Tatiana Olkhovich-Filonova-Green nos conocimos en el festival moscovita de cine “Emigración rusa”. Por supuesto, no podíamos dejar pasar la oportunidad de conversar con la hija del célebre director mexicano Sergio Olhovich.
Fue él quien, junto con el director de fotografía Anatoli Mukaséi, rodó en 1988 la conmovedora película ruso-mexicana Esperanza, que narra el destino de un ingeniero ruso, Vladímir Olhovich, abuelo de Tatiana. El papel principal lo interpretó Dmitri Jarátián.
—Sergio Olhovich ha rodado numerosos largometrajes de ficción, cortos, documentales y series de televisión; también ha trabajado en teatro…
—En México se le considera el director más prolífico. En 2025 se estrenó su duodécimo largometraje de ficción, que se proyectó en el Festival Internacional de Cine de Moscú: 1938: cuando el petróleo fue nuestro. La película narra los últimos tres meses del mandato del presidente Lázaro Cárdenas, célebre por la nacionalización del petróleo mexicano en medio de una compleja confrontación política con los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña.
—Su padre abordó un tema histórico muy delicado…
—Mi abuelo, Vladímir Alekséievich Olhovich, era ingeniero ruso y geólogo especializado en prospección. Se casó con una mexicana, Catarina Green, nacida en el estado de Tabasco, famoso por su salsa picante. Mi abuelo investigaba plataformas petroleras y yacimientos, participó en expediciones en muchos países. Así que mi padre conocía ese mundo desde niño…
Mi papá nació el 9 de octubre de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. Mis abuelos regresaban a México de un largo viaje de trabajo, pero quedaron varados en Indonesia, donde mi abuela dio a luz. Ella falleció, y mi abuelo volvió a México con el bebé. Sergio Olhovich ha vivido toda su vida en Ciudad de México.
—¿Visitó Rusia, la patria de su padre?
—Sí. En los años sesenta estudió dirección en el VGIK (Universidad Panrusa Guerásimov de Cinematografía, por sus siglas en ruso), en el taller del director Ígor Talankin. Era la primera generación de extranjeros en esa institución. Allí conoció a su primera esposa, mi madre, Liudmila Filónova, estudiante de actuación. ¡Casi nací en el VGIK! Pero a mi madre la expulsaron porque en aquella época los matrimonios con extranjeros estaban prohibidos en la URSS. Aun así, se casaron.
Mi madre, que es ucraniana, se fue a Kiev y allí nací yo en 1967. Cuando tenía seis meses, nos mudamos a México.
—Usted también estudió en el VGIK (Universidad Panrusa Guerásimov de Cinematografía)...
—En México cursé tres años de dirección en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Entonces mi padre me dijo: “Tienes la oportunidad de estudiar en la primera escuela de cine del mundo, en Moscú. Es una formación muy seria. Además, tus raíces están allí; debes conocerlas. Eres joven, viaja, estudia: ¡para eso es la vida!”.
Al principio dudé, pero solicité una beca y me la concedieron. En 1989 me fui a la Unión Soviética.
—¿Cómo estudió sin saber ruso?
—El primer año lo dediqué por completo al idioma. Entendía bastante, pero me costaba hablar sin equivocarme en los casos. Los cuatro años siguientes fueron de formación profesional. Estudié actuación, aunque mi padre siempre me decía: “Haz lo que quieras, menos ser actriz”.
—¿Y cómo terminó siéndolo?
—Fue casual. Me presenté a dirección y aprobé los exámenes, pero en la oficina me dijeron que debía pagar tres mil dólares: en tiempos de la perestroika todos los extranjeros tenían que pagar. No tenía ese dinero. Entonces intervino Borís Árdov y me sugirió elegir, durante dos años, una facultad gratuita: actuación o guion. Elegí actuación… y cuando pude cambiarme, ya no quise.
—¿Por qué?
—Los dos primeros años estaban dedicados al trabajo interior según Stanislavski: ejercicios, estudios, escenas sin palabras. Luego trabajábamos el personaje. Era una formación basada tanto en el sistema de Konstantín Stanislavski como en el de Mijaíl Chéjov.
—¿Su maestro fue el gran Alexéi Batálov?
—¡Sí! Su mayor mérito fue reunir a un equipo pedagógico extraordinario. Al principio casi no lo veíamos, pero su función era permitir que los profesores hicieran el trabajo esencial. En los dos últimos años trabajó directamente con nosotros, perfeccionando nuestra técnica. Fue el tutor de mi proyecto final: una puesta en escena de Hamlet.
—¿Qué le aportó profesionalmente?
—Batálov influyó enormemente en mi vida. Yo atravesaba una crisis de identidad: en Rusia era mexicana; en México, rusa. No sabía quién era. Él me dio una sensación de universalidad y aceptación de mis raíces.
Recuerdo que en clase de canto me pidió interpretar una canción nacional mexicana. Conseguí un sombrero en la embajada y, junto a un compañero cubano que tocaba la guitarra, canté una canción muy popular.
Gracias a Batálov acepté que en mí conviven dos partes (la rusa y la mexicana) y que pueden coexistir en armonía. Curiosamente, fue en Rusia donde comprendí profundamente mis raíces mexicanas.
—¿En qué siente usted sus raíces rusas?
La pequeña Tatiana Olhovich con sus padres, a principios de la década de 1970.
—Los rusos son abiertos y hospitalarios, aman su historia y su tierra. Saben escuchar y compartir tanto la alegría como el dolor. A eso lo llamo la filosofía rusa, y la comparto plenamente.
En mi labor pedagógica aplico todo lo que me dio la cultura rusa. He trabajado como coach actoral en 20 películas, ayudando a los actores a encontrar los matices que busca el director. Mi primera experiencia fue en Amores perros, de Alejandro González Iñárritu, con Gael García Bernal.
—'Esperanza' es una historia muy personal para su familia. ¿Cómo logró su padre rodarla?
—Estoy muy orgullosa de esa película. Mi madre escribió la historia de nuestra familia tras largas conversaciones con mi abuelo, un hombre culto que hablaba cinco idiomas. Pero no era un guion formal, por eso su nombre no aparece en los créditos.
Mi abuelo murió en 1985 y mi padre cayó en una profunda depresión. Un día comprendió que debía rodar la historia de su familia para sanar. Era doloroso, pero necesario.
Por Esperanza recibió siete premios en distintos festivales, incluidos mejor película, mejor director y mejor actor. Es su obra cumbre. Durante el rodaje sufrimos, pero también sanamos.
La entrevista completa está disponible en ruso en la revista 'Russkiy Mir'.