Sharopoyezd: el tren soviético que quiso viajar sobre rodamientos
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El Sharopoyezd, también conocido como ShELT, fue concebido como una alternativa radical al ferrocarril clásico, con el objetivo de eliminar los límites de velocidad impuestos por las ruedas con pestañas y la fricción en las curvas. Aunque nunca llegó a construirse a gran escala, el proyecto es un ejemplo notable del espíritu experimental de la ingeniería soviética de entreguerras.
Una idea nacida de la experiencia
El creador del sistema fue Nikolái Yarmolchuk, ingeniero ferroviario que trabajó en Kursk tras la Guerra Civil rusa. Su experiencia práctica le llevó a concluir que, para aumentar significativamente la velocidad de los trenes, era necesario abandonar el sistema tradicional de dos raíles.
Ya en 1924 propuso una vía única en forma de canal, por la que el tren circularía apoyado en ruedas esféricas de gran tamaño. En las curvas, el propio diseño permitiría la inclinación natural de los vagones, manteniendo la estabilidad gracias a la geometría de la vía.
Desarrollo y pruebas
A mediados de los años veinte, Yarmolchuk se trasladó a Moscú para perfeccionar su proyecto. En 1929 logró el apoyo de las autoridades soviéticas, lo que permitió construir una maqueta y crear un buró específico para desarrollar el sistema.
En 1931, como se publicó en Topwar.ru, se construyó una pista experimental de tres kilómetros y, al año siguiente, varios vagones de prueba. El modelo experimental alcanzó velocidades de hasta 70 km/h y fue probado con carga y pasajeros, obteniendo resultados prometedores para la época.
Un futuro demasiado ambicioso
Los ingenieros llegaron a proyectar versiones capaces de alcanzar entre 180 y 300 km/h, cifras extraordinarias para los años treinta. Incluso se aprobó la construcción de una línea experimental entre Izmáilovo y Noginsk, conectada con el sistema de transporte de Moscú.
Sin embargo, nuevos estudios técnicos y económicos revelaron graves problemas: riesgos de seguridad en condiciones de nieve y hielo, elevados costes de construcción y una complejidad técnica mayor de la prevista. Ante estas dificultades, el proyecto fue cancelado en 1933 y desapareció rápidamente de la esfera pública.
Una utopía tecnológica olvidada
Aunque Yarmolchuk intentó retomar la idea en los años cincuenta, nunca logró reactivar el interés oficial. Hoy, el Sharopoyezd sobrevive únicamente en fotografías, patentes y archivos de prensa. Más que un fracaso, el Sharopoyezd simboliza el espíritu de una época en la que la ingeniería soviética exploraba soluciones radicales para redefinir el transporte del futuro.