Mijaíl Lázarev: la llegada del primer ruso a Perú
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El 24 de noviembre de 1815, el puerto del Callao fue testigo de una escena inédita: un barco con una bandera desconocida para los locales fondeó en la bahía. Tras informar a las autoridades portuarias, se supo que la embarcación procedía de Rusia, un país prácticamente desconocido en el Perú de la época. Al desembarcar para presentar la documentación aduanera, Lázarev se convirtió, sin saberlo, en el primer ciudadano ruso en pisar suelo peruano.
Al día siguiente, el capitán viajó a Lima para entrevistarse con el virrey, el marqués de Abascal. La audiencia fue cordial y concluyó con el permiso para que la tripulación rusa se moviera libremente entre Callao y Lima. Además, el virrey invitó a Lázarev y a sus oficiales a una cena oficial, que los rusos recordarían por la abundancia de platos y la escasez de conversación.
José Fernando de Abascal
Durante los días siguientes, la tripulación se dedicó a reparar y acondicionar el Suvórov tras dos meses de travesía. Según escribió el oficial Semión Unkovski, amigo de Lázarev, tras las reparaciones no había en el puerto otra nave comparable en belleza y pulcritud. El barco incluso participó en los festejos por el cumpleaños de la reina de España, celebrado el 29 de noviembre, atrayendo la atención de la aristocracia local, que acudió a admirar el navío y a conocer a los visitantes rusos.
La estancia en Perú dejó una profunda impresión en los marineros. Unkovski describió con detalle la vida cotidiana de Lima y Callao: el bullicio de las plazas, las costumbres femeninas (con mujeres que rara vez aparecían en público y solían cubrirse el rostro) y la belleza y coquetería de las limeñas. También le sorprendió la tradición de detenerse en silencio para rezar durante la salida y la puesta del sol, heredada de los antiguos habitantes del país.
Por las noches, la ciudad cobraba vida con paseos, música y juegos en tabernas, donde, para asombro de los rusos, incluso monjes agustinos participaban en partidas de cartas y dados.
Lima, siglo XIX
En Lima, Lázarev entabló contacto con el influyente comerciante Abadía, director de la Compañía Filipina, quien se mostró interesado en las mercancías rusas procedentes de Alaska, como lino, cuerdas y pieles. Gracias a su mediación, los rusos obtuvieron un raro permiso para comerciar en Lima, intercambiando sus productos por cobre chileno, quina, lana y otros bienes peruanos. El comercio fue muy beneficioso para ambas partes, especialmente por la adquisición rusa de corteza de quino, valiosa por sus propiedades medicinales.
Como gesto diplomático, el marqués de Abascal envió al emperador ruso una colección de objetos de la civilización inca. Además, los oficiales rusos compraron nueve llamas, una alpaca y una vicuña para llevarlas a Rusia. Aunque se dudaba de que los animales sobrevivieran al viaje, Lázarev asumió el reto como una cuestión de honor. Contra todo pronóstico, los animales llegaron vivos y fueron presentados al público en los jardines de Peterhof.
El 5 de febrero de 1816, el Suvórov zarpó del hospitalario puerto del Callao. En su diario, Unkovski se despidió de Perú y de Lima con palabras llenas de afecto, recordando una estancia que, según escribió, jamás olvidarían.