La ballena de 27 metros que no cabía en los museos de San Petersburgo
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La historia de aquel coloso había comenzado cuatro décadas antes y a miles de kilómetros de Rusia. En noviembre de 1827, una enorme ballena apareció varada cerca de Ostende, en la actual Bélgica. Su esqueleto fue preparado para su exhibición y comenzó después una sorprendente vida itinerante que lo llevó por diferentes ciudades europeas y por América.
Finalmente, el enorme esqueleto terminó en manos rusas. Según explican en una publicación dedicada a la historia de la biología en San Petersburgo, editada por el Instituto de Historia de las Ciencias Naturales y la Tecnología de la Academia Rusa de Ciencias, fue regalado a la Academia Imperial de Ciencias.
Pero los científicos de San Petersburgo se encontraron con un problema bastante peculiar: no tenían sitio para una ballena de semejantes dimensiones.
La Academia carecía de un espacio adecuado donde instalar el esqueleto, así que decidió cederlo temporalmente al recién creado Jardín Zoológico de San Petersburgo. En enero de 1867 fue instalado en la parte sudoriental del recinto, dentro de una galería abierta construida expresamente para él .La solución "temporal" acabó durando nada menos que veinte años.
Pero, con el paso de los años, el zoológico comenzó a necesitar cada vez más espacio para sus animales vivos. Y aquel enorme inquilino de 27 metros volvió a convertirse en un problema.
En la primavera de 1887, el esqueleto fue devuelto a la Academia Imperial de Ciencias. En el lugar que había ocupado durante dos décadas se construyó posteriormente un estanque para aves acuáticas.
La ballena encontró finalmente un hogar definitivo en el Museo Zoológico de San Petersburgo, donde continúa formando parte de sus colecciones.