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Así se retransmitían por teléfono las funciones del Teatro Bolshói

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A finales del siglo XIX era posible escuchar ópera no solo en el teatro, sino también… desde casa. La moda se extendió entre los habitantes de las ciudades e incluso llegó hasta la familia imperial.

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Teatro Bolshói
Dominio público

En 1882 ya funcionaban en Rusia las primeras centrales telefónicas urbanas: los abonados podían hablar entre sí en San Petersburgo, Moscú, Odesa y Riga. Eso sí, este medio de comunicación solo estaba al alcance de las personas adineradas. Es fácil imaginar el revuelo que se produjo cuando, en la primavera de aquel año, un periódico moscovita publicó un anuncio según el cual en el apartamento del doctor Bogoslovski se podría escuchar la ópera Rigoletto: el sonido sería transmitido por los cables telefónicos directamente desde el Teatro Bolshói.

Ópera por los cables

Dominio público

La idea de escuchar representaciones de esta manera fue obra del ingeniero francés Clément Ader. En la Exposición Universal de París de 1881 presentó el teatrófono, un dispositivo telefónico que transmitía sonido estereofónico desde el escenario de un teatro. Se instalaban micrófonos alrededor del escenario y, desde allí, el sonido se enviaba por dos canales hasta receptores que podían encontrarse a una distancia de hasta tres kilómetros. Uno de sus primeros oyentes fue el escritor Victor Hugo. “Los niños estaban encantados. Yo también”, anotó en su diario.

Clément Ader
Legion Media

Y no era para menos. Pese a sus limitaciones técnicas, la “ópera por teléfono” producía una extraordinaria sensación de presencia. A medida que los artistas se movían por el escenario, el sonido parecía acercarse o alejarse; incluso se podía escuchar al público pasando las páginas de los programas o aplaudiendo a sus intérpretes favoritos. ¡Pura magia!

‘Se oye un zumbido confuso’

En marzo de 1882, el teatro por teléfono llegó a Moscú: la Sociedad de Salvamento Acuático obtuvo del Ministerio de la Corte Imperial autorización para realizar retransmisiones experimentales. Uno de sus miembros y gran entusiasta de la iniciativa, el médico especialista en balneología Víktor Bogoslovski, instaló una línea telefónica hasta su apartamento, situado en el centro de la ciudad. El día señalado se colocó una docena de transmisores en el Teatro Bolshói, desde los que el sonido se enviaba hasta los auriculares telefónicos.

Víktor Bogoslovski
Dominio público

La audición era de pago: un rublo por diez minutos, con posibilidad de prolongarla. El precio era elevado, pero el entusiasmo por la novedad compensaba el agujero en el bolsillo. “¡La impresión es asombrosa! Después de acercar ambos teléfonos a los oídos, al principio se oye una especie de zumbido confuso, pero después todos los sonidos se distinguen con total claridad, aunque suavizados por la distancia”, escribió la prensa local.

Los afortunados que habían comprado entradas para aquella primera retransmisión, junto con quienes esperaban colarse aprovechando el tumulto sin pagar, se agolparon ante la casa del médico a la espera de la sesión. Por si acaso, también se envió hasta allí un destacamento de policía.

La tienda de Iósif Datsiaro
Dominio público

A la mañana siguiente, el público abarrotó la tienda de Iósif Datsiaro, en Kuznetski Most, donde se vendían las entradas y se habían instalado aparatos telefónicos. Todo el mundo quería “escuchar a distancia, a través de cables, mediante la electricidad y los correspondientes aparatos, música, canto y conversaciones”.

Por los auriculares irrumpían las arias de Rigoletto, El demonio y Fausto. Escuchar una ópera completa exigía desembolsar una auténtica fortuna: alrededor de 25 rublos, aproximadamente el sueldo mensual de un modesto funcionario. En una sola velada podían escuchar la ópera de esta manera unas 150 personas.

Legion Media

Sin embargo, la novedad perdió pronto su atractivo. El problema no era únicamente el precio, sino también la calidad. Por mucho que dijeran los periódicos, la comunicación telefónica no podía proporcionar una acústica comparable a la de una sala de teatro.

Aun así, el experimento resultó un éxito: en el verano de aquel mismo año, 1882, comenzó a funcionar en Moscú la primera central telefónica urbana.