Así conquistó el mundo la balalaika rusa

Este modesto instrumento popular es una auténtica estrella internacional.

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El mundo descubrió el suave sonido de la balalaika gracias a Vasili Andréiev, creador del primer conjunto ruso de instrumentos populares. Aquella música no necesitaba traducción: su sonido era inconfundible. Dulce, delicado, capaz de expresar tristeza, alegría y amor.

Dominio público Vasili Andréiev
Dominio público

En 1958, al pianista estadounidense Van Cliburn, ganador del I Concurso Chaikovski, le regalaron una balalaika rusa. El obsequio tenía un motivo especial: había escuchado tocar al virtuoso balalaikista Mijaíl Rozhkov. Tras el concierto confesó:

“No tengo palabras para expresar cuánto me gustó su interpretación. ¡Me he enamorado de la balalaika!”

Pronto el instrumento empezó a ganar fama en el extranjero. Siguiendo la estela del conjunto de danza de Ígor Moiséiev y del Coro Piátnitski, el Conjunto Estatal Ruso de Instrumentos Populares Ósipov llevó la tradición musical rusa a audiencias de todo el mundo.

La fama internacional llegó en los años sesenta gracias al álbum Balalaika Favorites.

Dominio público/Archivos de Marina Stich Mijaíl Rozhkov y Van Cliburn
Dominio público/Archivos de Marina Stich

Fue la primera grabación de concierto realizada por estadounidenses en la Unión Soviética. Para ello transportaron a Moscú 4,5 toneladas de equipos de grabación, instalados en la Gran Sala del Conservatorio de Moscú. Obras como Kamarínskaya, Brilla la luna, Las campanas del atardecer o Noches de Moscú sonaban una tras otra.

El disco se publicó no solo en Estados Unidos, sino también en Italia, Francia, Japón, Australia y otros países. Muchos oyentes quedaron sorprendidos al descubrir que una orquesta de instrumentos populares podía sonar con tanta fuerza y riqueza como una orquesta sinfónica.

La balalaika por todo el mundo

Dominio público
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A finales de los años sesenta y principios de los setenta, la orquesta Ósipov realizó giras por Estados Unidos invitada por el célebre empresario Sol Hurok, organizador de intercambios culturales entre la URSS y EE UU.

Los periodistas más escépticos quedaron impresionados tras los conciertos. Reconocieron que la técnica de los intérpretes soviéticos de balalaika y domra no era inferior a la de los violinistas clásicos.

Sobre el virtuoso Anatoli Tíjonov escribieron:

“La maestría de este solista en un instrumento popular invita a compararla con la del legendario guitarrista español Andrés Segovia”.

Ígor Mijaliov / Sputnik Anatoli Tíjonov, uno de los más grandes virtuosos de la balalaica, ofrece un concierto en el Museo de la Cultura Musical Mijaíl Glinka.
Ígor Mijaliov / Sputnik

Durante las giras por Australia y Nueva Zelanda, la palabra «Ósipov» se convirtió en una auténtica sensación. Durante cuatro meses los auditorios estuvieron llenos hasta la bandera.

Los críticos locales se deshacían en elogios:

“¡Emocionante!”

“¡Fantástico!”

La música rusa en nuevas formas

Vladímir Pérventsev / Sputnik Anatoli Tíjonov, solista de balalaica de la Orquesta Académica Estatal de Instrumentos Folclóricos Rusos Nikolái Ósipov
Vladímir Pérventsev / Sputnik

Con el tiempo surgieron conjuntos de balalaika no solo en la Unión Soviética, sino también en otros países. Algunos fueron fundados por descendientes de emigrantes rusos; otros, por simples entusiastas del instrumento.

Demostraron que la balalaika podía interpretar no solo música folclórica, sino también obras clásicas y composiciones modernas.

En Washington existe desde 1988 la Washington Balalaika Society, la mayor agrupación de este tipo en Norteamérica.

En Ohio funciona desde hace casi cuarenta años la St. Nicholas Balalaika Orchestra, vinculada a la catedral ortodoxa de San Nicolás.

En Francia, la Orchestre de Saint-Georges fue fundada en 1993 por antiguos alumnos del internado de San Jorge.

En Japón, el conjunto Pole interpreta música utilizando balalaikas rusas junto a instrumentos tradicionales japoneses como el shamisen, el koto y el shakuhachi.

La balalaika que ganó un Óscar

Kevin Winter / Getty Images El compositor Alexandre Desplat recibe el Óscar a la mejor banda sonora por The Grand Budapest Hotel durante la 87.ª ceremonia de los Premios Óscar
Kevin Winter / Getty Images

Y sí, la balalaika tiene su propio “Óscar”.

Todo comenzó gracias al oído privilegiado del compositor francés Alexandre Desplat. Fue él quien invitó al conjunto ruso Rossiya a grabar parte de la banda sonora de la película El Gran Hotel Budapest.

Durante una pausa de la grabación, los músicos comenzaron a interpretar informalmente la pieza tradicional Brilla la luna (Svetit mesiats). Desplat quedó fascinado y exigió que se incorporara a la película junto con otra melodía tradicional rusa, Kamarínskaya.

Un año después, la banda sonora de la película de Wes Anderson recibió el premio Óscar.

Así, un instrumento campesino nacido hace siglos en Rusia terminó formando parte de una de las bandas sonoras más premiadas de Hollywood.Principio del formulario