¿Por qué solo los adolescentes podían trabajar como postillones?
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A diferencia del cochero, que se sentaba en el pescante del carruaje, el foreitor montaba a caballo sobre uno de los animales delanteros del tiro, normalmente cuando los caballos iban enganchados en zug, es decir, alineados en fila o por parejas, unos detrás de otros. Su principal función consistía en controlar precisamente a los caballos de cabeza. Desde el pescante, al cochero le resultaba difícil alcanzarlos con las riendas o el látigo, por lo que el postillón o foreitor actuaba como una especie de 'prolongación' de sus manos, guiando todo el tiro en la dirección adecuada.
“El cochero y el postillón” (Vasili Fiódorovich Timm / Georg Wilhelm Timm, 1820-1895), c. 1850
Los primeros testimonios documentales sobre los postillones en Rusia se remontan a comienzos del siglo XVIII, aunque es probable que este oficio surgiera antes, al mismo tiempo que se generalizaba el uso de este tipo de enganche. En el siglo XIX, el cargo ya estaba plenamente consolidado.
La mayoría de los postillones pertenecían al servicio doméstico de los siervos. En las haciendas más ricas solían vestir una librea reglamentaria. Era un trabajo que exigía gran resistencia y habilidad, ya que debían mantenerse firmemente sujetos sobre la silla de foreitor, más ligera que una silla de montar convencional.
Salida de Pedro II a la caza con halcones.
Este oficio tenía una importante limitación de edad: los postillones eran casi siempre adolescentes o incluso niños muy jóvenes, ligeros y ágiles. La razón era puramente práctica. Los caballos ya arrastraban un carruaje muy pesado, y el peso de un jinete adulto supondría una carga excesiva.
En el séptimo capítulo de Eugenio Oneguin, Alexander Pushkin describe los preparativos de la familia Larin para viajar a Moscú:
Los cocineros preparan el desayuno,
cargan las kibitkas hasta los topes,
regañan las mujeres y los cocheros.
Sobre un jamelgo flaco y desgreñado
cabalga un foreitor barbudo.
John Augustus Atkinson. Carruaje urbano con postillones y húsares de escolta.
Hoy en día, la expresión 'foreitor barbudo' apenas dice nada al lector, pero los contemporáneos de Pushkin encontraban el pasaje muy divertido. El chiste era que la familia había permanecido tanto tiempo sin salir de su finca que, durante ese período, el foreitor había pasado de ser un muchacho a convertirse en un hombre adulto con barba.
La historia de los postillones llegó a su fin a comienzos del siglo XX, con el ocaso del transporte de tracción animal. En la actualidad, solo un reducido grupo de especialistas relacionados con la cría y el manejo de caballos conserva los conocimientos y las habilidades propias de este antiguo oficio.