¿Cuántas veces se esperó en Rusia la llegada del Apocalipsis?

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Cómo el miedo al fin del mundo se transformó en una preocupación cotidiana para la salvación del alma.

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En Rusia, hasta la reforma de Pedro I, se utilizaba el sistema bizantino de cronología “desde la creación del mundo”, y no “desde el nacimiento de Cristo”. La diferencia entre estos dos sistemas es de 5508 años. Muchos cálculos sobre la proximidad del fin del mundo se basaban precisamente en este calendario más arcaico.

En el siglo XI

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En Europa se pronosticaba el fin del mundo para el año 1000 desde el nacimiento de Cristo, pero Rusia no participó en estas inquietudes, ya que se había cristianizado poco antes (en 988) y aún no había adoptado plenamente el calendario cristiano.

Los primeros “temores escatológicos” alcanzaron a un pequeño grupo de escribas y personas instruidas rusas en 1033 y en 1037–1038. La primera fecha marcaba mil años desde la muerte y resurrección de Cristo. La segunda se calculaba así: según algunas interpretaciones, en 1033 debía aparecer el Anticristo, que gobernaría durante tres años y medio. En consecuencia, el fin del mundo se esperaba alrededor de 1037.

También se encontró una explicación astronómica-teológica. Existía la creencia de que el Día del Juicio llegaría si la gran festividad de la Anunciación (25 de marzo) coincidía con la Pascua. En 1038 la Anunciación cayó en Sábado Santo, el día inmediatamente anterior a la Pascua. Esto se interpretó como una coincidencia casi exacta con la profecía.

La segunda ola de ansiedad llegó a finales del siglo. A los cronistas les inquietaba el séptimo siglo del séptimo milenio: los años 6600–6604 desde la creación del mundo, es decir, 1092–1096 desde el nacimiento de Cristo. La principal crónica rusa, Relato de los años pasados, está llena de insinuaciones inquietantes sobre esos años. Incluso su propio título tiene un significado revelador: “años pasados” se entendía como “los últimos tiempos”, es decir, el período previo a la Segunda Venida.

1492: el principal Apocalipsis ruso

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El año 1492 desde el nacimiento de Cristo correspondía al año 7000 desde la creación del mundo. Ese año se produjo la ola más poderosa y masiva de expectativas del fin del mundo en la historia de Rusia.

En la teología existía la idea de que el mundo, creado en seis días (símbolo de seis mil años), viviría exactamente siete mil años, hasta la Segunda Venida de Cristo, tras la cual llegaría el «octavo siglo», es decir, la eternidad. Por eso el final del séptimo milenio se percibía como un límite absoluto.

Las expectativas eran tan serias que la Iglesia no elaboró la pascualia (los cálculos de la fecha de Pascua) para 1493, porque simplemente no le veían sentido. Los campesinos dejaron de sembrar los campos, lo que, tras este Apocalipsis que nunca llegó, provocó una hambruna real.

La madre de Iván III, la princesa María Yaroslavna, entregó en 1477 al monasterio de Kirilo-Belozerski una enorme suma (495 rublos) con la condición de que los monjes rezaran por la familia principesca exactamente hasta 1492.

1666: el cisma y el ‘número de la bestia’

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La siguiente gran oleada de pánico llegó en 1666 desde el nacimiento de Cristo. Ese número se asociaba directamente con el “número de la bestia” (666) del Apocalipsis.

El fuego se avivó aún más por la reciente reforma eclesiástica del patriarca Nikon, que dividió a la Iglesia rusa entre viejos creyentes y nuevos creyentes. Para los viejos creyentes, la reforma no era simplemente un cambio ritual, sino el derrumbe de la verdadera ortodoxia y el establecimiento del Anticristo. La figura del propio Nikon era percibida por muchos como diabólica.

Esto tuvo consecuencias trágicas: algunas personas, buscando la salvación de su alma, se retiraban a los bosques y organizaban “hogueras” (autoinmolaciones colectivas) para purificarse con el fuego y no someterse a los servidores del diablo. Otros se acostaban en ataúdes y esperaban la trompeta del arcángel. Pero el Apocalipsis tampoco llegó esta vez.

Entonces las expectativas sociales empezaron a cambiar gradualmente hacia una mayor individualización. Surgió la idea de que, en lugar de esperar un fin del mundo colectivo, había que esperar y prepararse para la propia muerte y para la responsabilidad personal ante el Todopoderoso.

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