130 años del nacimiento de la Maggie Smith rusa
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Al igual que Maggie Smith alcanzó fama mundial a una edad ya avanzada gracias a sus inolvidables papeles en Harry Potter y Downton Abbey, Faína Ranévskaya conquistó el cariño de todo el país en su madurez, en gran medida gracias a su inimitable ironía y a sus memorables papeles de carácter. En sus manos, incluso una aparición diminuta podía convertirse en una interpretación extraordinaria. Su nombre se convirtió en toda una referencia ya en vida.
De Fanny a Ranévskaya
Nació el 27 de agosto de 1896 en Taganrog, en el seno de la familia de un acaudalado industrial. Al nacer recibió el nombre de Fanni Guírshevna Feldman. La joven actriz adoptó el seudónimo por el que la conocería el público en honor a Liubov Raniévskaya, la protagonista de El jardín de los cerezos, de Chéjov.
Cuenta la leyenda que la joven, que sobrevivía gracias a trabajos teatrales esporádicos, recibió un giro de dinero de su madre. Al salir del banco, el viento le arrancó los billetes de las manos. Mientras contemplaba cómo se alejaban volando, dijo: “Qué pena por el dinero, ¡pero qué bonito es verlo volar!”. Su acompañante exclamó: “¡Pero si usted es Raniévskaya! ¡Solo ella podría decir algo así!”. Y así se convirtió en Faína Ranévskaya.
Chéjov también definió, de alguna manera, la naturaleza de su talento: descubrir lo enorme en lo pequeño y representar una tragedia dentro de una escena cotidiana. Eso era Ranévskaya.
Su trayectoria artística comenzó en 1915 sobre escenarios provinciales, interpretando pequeños papeles sin diálogo. La Revolución dispersó a su familia por el mundo, pero Faína permaneció en Rusia, sola, sin dinero ni contactos. Actuó en compañías privadas y teatros regionales hasta que finalmente llegó a Moscú.
‘¡Mulia, no me pongas nerviosa!’
La paradoja de Ranévskaya es que, pese al enorme cariño popular hacia sus personajes cinematográficos, ella misma no apreciaba el cine y se avergonzaba de sus trabajos para la pantalla. Debutó en 1934 en Bola de sebo, película de Mijaíl Romm basada en la novela corta de Maupassant. El rodaje se desarrolló en estudios helados. Para meterse mejor en su personaje, Ranévskaya aprendió varias frases en francés, el idioma de la obra original. La película causó una enorme impresión al escritor francés Romain Rolland, quien pidió expresamente que fuese proyectada en Francia.
A lo largo de su vida participó en 25 películas. Consideraba una vergüenza cada una de sus apariciones cinematográficas. Su célebre frase “El dinero ya se ha gastado, pero la vergüenza permanecerá” se convirtió en una especie de lema de su relación con el cine.
Sin embargo, fue precisamente el cine el que le proporcionó la inmortalidad en la memoria popular. En 1939 se estrenó la comedia La niña expósita, en la que Ranévskaya interpretó a la excéntrica Lialia. La frase que dirigía a su marido en la pantalla, “¡Mulia, no me pongas nerviosa!”, se convirtió en un fenómeno popular. Según otra leyenda, el secretario general de la URSS Leonid Brézhnev, al encontrarse con Ranévskaya en una recepción oficial, se dirigió a ella diciendo: “¡Mulia, no me pongas nervioso!». Ella respondió: “Leonid Ilich, ¡solo los niños o los gamberros se dirigen a mí de esa manera!”.
Su verdadero escenario: el teatro
El verdadero elemento de Ranévskaya era el teatro. Sobre las tablas interpretó personajes que le permitieron desplegar plenamente su talento tragicómico, desde papeles satíricos hasta otros profundamente trágicos, especialmente en obras de Chéjov y Gorki.
Su talento obtuvo reconocimiento oficial: en 1937 recibió el título de Artista Emérita de la RSFSR y, en 1961, el de Artista del Pueblo de la URSS. Fue galardonada en tres ocasiones con el Premio Stalin.
El libro de reclamaciones
Ranévskaya era famosa no solo por su talento interpretativo, sino también por su lengua afilada. Su reputación como autora de ocurrencias era tan grande como su fama de actriz. Ranévskaya no componía aforismos: “hablaba con ellos”. Sus ocurrencias, cargadas de sarcasmo y tristeza, circulaban inmediatamente por todo Moscú.
Era implacable tanto con quienes la rodeaban como consigo misma: «Toda mi vida he estado nadando a mariposa dentro de un retrete»; “La vejez es cuando lo que preocupa no son las pesadillas, sino la mala realidad”; «El optimismo es falta de información».
Sus irónicas observaciones sobre las personas llegaron a convertirse prácticamente en refranes: “Es mejor ser una buena persona que dice palabrotas que una criatura tranquila y bien educada”.
Según quienes la conocían, detrás de aquella personalidad espinosa se escondía un alma vulnerable. La propia Ranévskaya, al reflexionar sobre la posibilidad de escribir sus memorias, decía: «Si cediera a las peticiones y empezara a escribir sobre mí misma, aquello sería un libro de reclamaciones».
La gente esperaba sus aforismos, los recogía al vuelo e incluso inventaba algunos para después atribuírselos. Ya en vida se convirtió en un personaje del folclore popular. En las numerosas recopilaciones (Casos. Bromas. Aforismos, Ranévskaya bromea y otras) sus auténticas frases conviven con otras inventadas. Pero incluso esto constituye una forma de homenaje popular a su talento y su enorme fama.
Soledad
Tras la imagen de aquella mujer indomable e ingeniosa se ocultaba un alma profundamente solitaria. Ranévskaya nunca se casó. Su única familia fueron sus animales domésticos. Sentía especial cariño por su perro, llamado Málchik («Chico»).
Sobre sus animales decía: «Ellos viven como Sarah Bernhardt y yo misma vivo como un perro». Su amor por ellos era tan grande que, después de su muerte, sobre la tumba de la actriz se colocó una figura de bronce de Málchik.