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¿Sabías que en la Rusia zarista tenían sus propias calabazas ‘de Halloween’?

Puerta a Rusia (OpenAI)

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Se creía que durante las Sviatki, los días comprendidos entre la Navidad y la Epifanía, la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se volvía menos sólida. En ese período era habitual organizar festejos con villancicos. Sus participantes, los enmascarados, se vestían con disfraces de demonios o animales y recorrían las casas cantando canciones propias de las Sviatki.

Cuanto más aterradores eran los disfraces, mejor. Debían cumplir, entre otras cosas, una función importante: ahuyentar a los invitados indeseados del mundo de los muertos y asustar moderadamente a los vivos. Además de los trajes, a finales del siglo XIX y en la primera mitad del XX los enmascarados utilizaban también accesorios para ese fin. Por ejemplo… una calabaza, de la que tallaban una lámpara. De ello hablan los autores del estudio Halloween y las Sviatki: dos destinos de una misma calabaza, Dmitri Grómov y Bogumil Gasánov.

Galería Tretiakov

Se vaciaba la pulpa, se tallaban dientes, se colocaba una vela en el interior y, ensartándola en un palo, se salía a asustar a los aldeanos. Golpeaban la ventana y acercaban a ella aquel espeluznante espantajo. El efecto del “Jack el del farol” eslavo era inmediato: unos se persignaban, otros gritaban por la sorpresa. Satisfechos, los enmascarados iban a hacer travesuras a otra casa.

En ocasiones, esa calabaza se llamaba “estrella” y se utilizaba como estrella de Belén, llevada por el principal de los cantores. Y si por alguna razón no se podía encontrar el vegetal adecuado, se usaban otros similares, por ejemplo, calabacines.